• Merche Toraño

Somos mayores. Ni invisibles ni desechables



Los seres humanos como todas las especies con vida nacemos, crecemos nos reproducimos, y morimos y, además, pasamos por distintas etapas: infancia, pubertad y adolescencia; juventud, madurez, menopausia/andropausia, edad de la jubilación oficial y la última que es la llamada senectud o ancianidad. Y en la medida en que van pasando los años, la ralentización y el deterioro de algunas funciones orgánicas nos van avisando de que los años pasan. Notamos que no alcanzamos a hacer las mismas cosas o de la misma forma que lo hacíamos años antes. La piel, mayor órgano del cuerpo humano, en un signo externo de la fatiga que produce el paso del tiempo, se va deteriorando y la sociedad empieza a llamarnos viejos. ¿Verdad que todos recordamos el impacto que sentimos cuando nos percatamos por primera vez de que la gente empezaba a tratarnos de usted?, ese primer día que alguien se dirigió a nosotros y que en lugar de: "¿Me puedes decir la hora?", nos dijo: "¿me puede decir qué hora es?.


El usted es una fórmula de tratamiento que indica respeto y el respeto se le debe a todo el mundo, joven y menos joven, pero esta sociedad en la que nos desenvolvemos nos ha inculcado, y lo llevamos grabado a fuego en nuestro cerebro, que quien, por edad , es “usted”, en lugar de “tu”, empieza a estar para sopitas y buen vino, porque tanto en la vida social como en la profesional comienza a ser invisible. Y cuando más solemne es el usted que empleen para dirigirse a uno, mayor es el grado de invisibilidad. Ya en esas circunstancias, se impone la misión de dejar paso a los descendientes, cuidar de sus niños y dedicarte a la vida contemplativa, inerte o poco útil ¡cómo si fuéramos maquinaria ya en desuso! Y empieza a notarse con más contundencia el desinterés hacia nuestras habilidades cuando se produce el cese de nuestra vida profesional. Nadie parece querer ver que se puede dejar paso a los más jóvenes sin tener que renunciar a la interactuación entre distintas generaciones y sin que se produzca la salida de “circulación” de las personas más mayores.


Mientras que la merma de las capacidades intelectuales, físicas o alguna entrometida enfermedad no nos coarte la capacidad de expresión o de movimiento, nadie tiene derecho a condenarnos a una inactividad que cercene nuestras esperanzas y acabe con nuestra autoestima. No hay potestad humana que con la excusa de guetos para “la tercera edad” tenga derecho a decidir, sin preguntarles, cómo tienen que divertirse o pasar sus últimos años de energía otros humanos-


Hay que tener claro que dentro de las posibilidades que nuestra propia naturaleza nos permita, la edad no debe ser un límite para tener ilusiones. Y aunque en ocasiones la vida nos haya golpeado duramente, continuamos en ella, y seguir aquí es un regalo que tenemos la obligación de cuidar; y debemos hacerlo llevando la edad de la mejor manera posible: procurando ser felices, estando activos y sintiéndonos capaces de hacer cosas, porque seremos mayores pero eso no supone que seamos inútiles. Y si la sociedad no está preparada para admitir que nos sintamos parte de ese conglomerado humano que la conforma, somos nosotros mismos quienes tenemos que demostrarles que ni somos invisibles ni desechables, porque como dijo Georg Cristoph Lichtenberg: “ Nada nos hace envejecer con más rapidez que pensar incesantemente en que nos hacemos viejos








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