• Merche Toraño

Día de tormenta con mi perrito Teo

La climatología nos obligó a cambiar de planes


Me desperté temprano, pero mi instinto me hacía intuir que la climatología no iba a permitirme esa jornada de asueto que con semanas de antelación había planificado. Aparté las cortinas y miré al cielo. No aparecía plomizo pero una acumulación de nubes grises apenas dejaban ver una atmósfera que perdía por momentos su tono azulado. Eran atractivas las formas de aquellos cúmulos gaseosos. Me quedé como hipnotizada, buscando en ellos parecidos con formas terrenales: “¡Hala! Aquella parece un hipopótamo, pero en un jardín porque está rodeado de flores”. Y mira, mira , le decía a mi perro , convencida de que entendía, no solo mis palabras sino también mi fantasía: "¡dos niños jugando a peleas, como tú con tu juguete de cuerda!". Él movía la cola como si también disfrutara de la visión.

Todo se oscureció de pronto y Teo empezó a ponerse nervioso; sus orejitas ,que segundos antes aparecían erguidas en clave expectante, empezaron a encogerse, y su cola a descender hasta colocarse entre sus flancos traseros. Apoyó su cabeza en mis piernas buscando protección, y un gran estruendo precedido de un fogonazo de luz nos estremeció. Yo di un salto que me hizo perder el equilibrio y mi perro desapareció. Vi su naricita asomando por debajo de la cama. Volví a acostarme pero no podía conciliar el sueño. Por los cristales resbalaban auténticas cascadas de agua, talmente parecía que alguien estaba descargando sobre mi casa toda la lluvia del mundo. Empezaba a quedarme aletargada de nuevo cuando otra “bomba” explotó en el cielo y salté en la cama. Supe que Teo seguía debajo porque lloraba. Le llamé para que viniera a mi lado, pero no quiso salir de su escondrijo. El miedo que sentía era superior a su deseo de estar conmigo. Al cabo de una hora de relámpagos, rayos y truenos que parecían presagiar el final del mundo, la tormenta comenzó a remitir. El ruido cesó y el agua a borbotones, que había dejado relucientes los vidrios de la ventana, se fue convirtiendo en pequeñas lágrimas, tal vez de arrepentimiento por el mal rato que nos había hecho pasar. La bóveda celeste empezó a recuperar su color azul, Teo salió de su escondite y de un brinco se puso sobre la colcha, Le acaricié, y me lo agradeció con un lametazo en la mano. Me levanté y preparé mi desayuno. Seguía lloviendo. Mi plan para ese día se había frustrado, pero la relajante sensación que me producía el, ahora, suave tintineo de la lluvia al tropezar en los huecos acristalados de la casa, empezaba a compensar el obligado cambio de planes. Pese a todo, seguro que iba a ser un buen día.


Esto ocurrió hace doce años. Teo, uno de mis amores, es en la actualidad un "ancianito" de trece años que vive feliz en compañía de su familia: la humana... y la perruna, LLum y Mey, dos jovencitas golden retriever a las que protege aunque ellas, con su excesiva gana de jugar, en ocasiones le hacen ponerse un poco cascarrabias.


Imágenes de - edad de niebla -



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