• Merche Toraño

Desinformación y sobreinformación, enemigos de la democracia



En el Congreso de Periodismo de Huesca 2022 celebrado hace unos días se ha apostado por la defensa de la libertad de expresión y el derecho a la información.


El primer compromiso ético del periodista es el respeto a la verdad

(Punto 2 de los Principios generales del Código deontológico)


El buen periodista tiene que ver, observar y contar pero contar la verdad sin subterfugios o sesgos en favor de unos intereses que no sean la pura noticia tal y como ocurre. Pero eso es en la actualidad casi imposible debido a los intereses comerciales o políticos que rigen en las empresas de información, que son hoy enormes conglomerados, o con la incursión en las redes de “escribientes” que, con ínfulas de informadores, mienten tergiversan y manipulan, logrando así engañar a las gentes con poco criterio que, movidas por sus simpatías hacia unas u otras versiones, confían en lo que más se adapta o encaja en su capacidad de cognición. He visto creer historias auténticamente imposibles, a poco que razonaras su temática y orígenes, a personas que me ofrecían una imagen de sensatez de la que nunca hubiera sospechado tamaña irresponsabilidad. Pero con el tiempo me fui percatando de que esa forma de aceptar casi todo lo que se cuenta en las redes, o en otros medios más o menos serios, es el pan nuestro de cada día, especialmente si se muestran trazos de sensacionalismo barato, de tumbar al político con el que no simpatizas o de desprestigiar a quien sea. Y así, una gran parte de esta sociedad del siglo XXI se preocupa más de con quien le puso los cuernos el vecino a su santa señora y de tomar por válidas todas la noticias falsas o sobre dimensionadas que le llegan, que de encauzar su propia vida hacia un camino de reflexión y juicios sensatos y coherentes.


Si cualquier individuo, como tal, tiene la libertad de poder juzgar lo que desde su punto de vista considera más cercano o lejano a sus ideas sobre moral, y tiene la suficiente capacidad o habilidad para transmitirlas repetidamente con aceptación por parte de un colectivo que sea de su interés, la facilidad de influencia y retroalimentación sobre sucesivos grupos puede llegar hasta límites en los que la línea que separa lo ético de lo esperpéntico se confunda, dando lugar a situaciones de poder y manipulación. Pero si la máxima del código deontológico de la profesión periodística es la emisión de la verdad y no siempre se cumple, también serían imprescindibles unos ciudadanos (receptores de las noticias) poseedores de un criterio basado en el conocimiento histórico y el sentido común suficientes, como para no sucumbir ante tanta falacia, mejor o peor intencionada, y con guiones, a veces bien estructurados y dialécticamente creíbles, con que nos bombardean a todas horas desde los medios de comunicación.


En una democracia auténtica la libertad de expresión es un derecho fundamental que refuerza el mismísimo derecho a la información o viceversa: el derecho a la información refuerza la libertad de expresión, como ustedes prefieran, pero lo que se demuestra en la práctica, es que, por encima de cualquier derecho, perviven los intereses creados por empresas multinacionales, dueñas y señoras de los medios, a las que una información veraz no beneficiaría en muchos casos, a gobiernos, partidos políticos u otros agentes sociales que tampoco sientan interés porque se sepan sus verdaderos movimientos. La utilización, de su influencia social en estos grupos, es destacada y poderosa en cuanto a la formación de opinión y su objetividad o ausencia de ella; la veracidad o mendacidad de su discurso va a depender del papel que este juegue en defensa de unos intereses concretos, bien sean ideológicos o económicos, pero que desgraciadamente no van a ser nunca, o casi nunca, en favor de un bien común real. Por tanto y por lo general, la opinión pública inculcada desde la información mediática, aunque debiera ser una herramienta legitimadora de un Estado de derecho, está sirviendo fundamentalmente para controlar desde el poder.,


Y sin verdad no puede haber ni democracia ni buen gobierno.

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