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  • Merche Toraño

Diciembre, duodécimo mes del año

No me gusta el invierno, no me gusta el frío y no me gusta diciembre




Diciembre, del latín, december o decembris, es decir diez, porque diez era el puesto que ocupaba en el antiguo calendario romano que empezaba en marzo, solo tenía diez meses, fue el primer sistema para dividir el tiempo en la Antigua Roma y que pasó a convertirse en el duodécimo mes del año en el vigente calendario gregoriano instaurado por Gregorio XIII


Cuando era pequeña disfrutaba de las grandes nevadas, tumbándome en la nieve recién caída para dejar marcada mi silueta como si se tratara de un bajo relieve o utilizándola como material para esculpir figuritas de animales y muñecos aunque mis manos se quedaran sin sensibilidad para el resto del día. De jovencita iba a esquiar, me gustaba la nieve, me fascinaba observar a través de los cristales de la ventana la permisividad de una atmósfera que se convertía en densa y blanquecina merced a unos copos que la transformaban mientras descendían de forma contoneante hasta depositarse en el suelo. Entonces no me desmotivaba el frío, me ilusionaba el último mes del año por lo festivo, por lo que significaba de celebraciones, regalos y reencuentros. Las navidades eran días para festejar. No sé si tenía total consciencia de lo que vivía en esos dias, pero lo hacía con alegría. Desde mi niñez me habían contado que la noche del 24 se conmemoraba el nacimiento de Jesús de Nazaret que, durante un tránsito de sus padres, tuvo que nacer en un establo al que unos magos de Oriente llegaron para ofrecerle incienso, oro y mirra, reconociéndole con estas ofrendas como hijo de Dios, como hombre que moriría por los hombres y como rey de los judíos. Pero no acaban ahí las fiestas. Diciembre es el último mes del año y se despide a lo grande recibiendo con juerga y jolgorio al nuevo que comienza. Y por si todo esto fuera poco, unos días después, como colofón de esos eventos encadenados, la noche del 5 de enero aquellos, otrora magos, convertidos en sus majestades los reyes de Oriente se marcaban el maratón de pasar en una sola noche por las casas de todos los niños españoles para dejarles regalos mientras dormían. No acababa de alcanzar a comprender como podían recorrer tantas provincias, tantos pueblos y ciudades en una sola noche, pero todo podia ser posible, al fin y al cabo, ¿no eran magos? ¡Pues eso! Hasta que un día conocí el significado de la palabra ubicuidad, y ahí sí, ahí creí empezar a entenderlo del todo.


Para esas fiestas con raíces paganas, en un lugar de mi casa, recreaba aquel portal en el pueblo de Belén de Judea y el nacimiento, con intervención divina, de aquel niño que se llamaría Jesús.


Iba transcurriendo el tiempo e influenciada por las modas sociales fui, de forma progresiva, adoptando, entre otras cosas, ese símbolo originario de la Alemania del siglo VIII como árbol de paz que representa la vida eterna, el denominado árbol de Navidad, coloqué muérdago, la planta sagrada de los druidas, en el marco de la puerta para que protegiera del mal a quienes entraban en mi casa, engañé a mis hijos con los RR. MM. y Papá Noel como antes lo habían hecho conmigo, acudí a la misa “del gallo” Recité dichos y refranes dedicados a este mes como: “Diciembre:leña y duerme”, “Diciembre tiritando buen enero y mejor año”, “En diciembre no hay valiente que no tiemble”, “En diciembre diente con diente” “ Si en las noches de diciembre ves lucir la luna blanca, echa en la cama cobertor y manta” ,y algunos otros que le escuchaba a mi abuela. Algo debe tener diciembre cuando tantos escritores le han dedicado sus títulos o poemas, como, por ejemplo, Rosalía de Castro o Machado, pero a mi ya no me gusta. He crecido en edad, espíritu, evolución y sentimientos, y aunque presencio la nieve como un bello espectáculo. el frío y la humedad ya propician que mis huesos se resientan, los médicos me aconsejan vacunas para la gripe, y aunque nunca fui friolera, la sugestión me hace comenzar a temer los cambios bruscos hacia las bajas temperaturas. Ya no me gusta el mes de diciembre. Lo encuentro frío y oscuro, pese a todas las luces que se encienden en estas fechas, triste porque ya no están los seres queridos que me integraron en esa falacia, lo encuentro mendaz, lleno de propósitos y buenas voluntades que nunca se cumplen, lo considero poco empático porque mientras que ciudadanos de todo el mundo derrochan, a veces hasta más de lo que tienen en grandes pitanzas, regalos increíbles y efímeros decorados para sus viviendas, otros, muchos seres humanos pasan hambre , enfermedad y frio en ese mismo mundo


No me gusta el mes de diciembre porque son 31 días de mentira o de no verdad, de locura colectiva en los que unos conmemoran el nacimiento, hace más de dos mil años, de alguien en quien creen, y otros no se si saben lo que festejan: unos celebran algo y otros no celebran nada, y cuando se les cuestiona responden: “Yo celebro un encuentro con la familia, una tradición”, como si el encuentro con la familia no pudiera realizarse cualquier otro día del año y convertirlo uno mismo en nuestra tradición genuina, evitando así esa inmersión en tradiciones de origen religioso o comercial en las que venimos sucumbiendo sin reflexión a través de los años.


Hace un tiempo que empezó a no gustarme el invierno, no me gusta el frio y no me gusta diciembre.


Imagen de - edad de niebla -

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