• Merche Toraño

El compromiso como palabra dada, igual a palabra de honor.



¿Recordáis aquellos pactos o compromisos que se sellaban con un apretón de manos? Eran tiempos de nuestros abuelos, incluso de los padres de los que hoy tenemos una edad. Hasta cuando éramos niños dar nuestra palabra de honor a nuestros amiguitos era sinónimo de veracidad pero sobre todo de cumplimiento. Eran esos acuerdos irrompibles donde lo prometido era deuda, porque valía más la palabra dada por una persona de bien que cualquier documento firmado.


Sin embargo, es bastante general actualmente que se cumpla a rajatabla aquello de que “las palabras se las lleva el viento”. La gente concede su acuerdo a acciones compartidas ,promete, confirma apoyos o citas que muchas veces no cumplen, dejando con tres palmos de narices a quien creyó en una palabra que nunca debería haber tenido en cuenta. Qué fácil les resulta a algunos confirmar que van a hacer algo en tu comunidad o grupo y con qué frivolidad y desconsideración lo incumplen.


Una palabra dada es un acuerdo formal en el que se contrae con alguien una obligación ,generalmente de forma voluntaria que, precisamente por ese aspecto de palabra dada, se convierte en obligación de ser cumplida. Es un compromiso emocional que implica consideración hacia la o las personas que han confiado en ella. Es una obligación moral que depende de la conciencia dé cada cual y su sentido de la responsabilidad y el respeto hacia los demás.


En derecho existe un compromiso o cláusula compromisaria que acostumbra a utilizarse en contratos. Es una cláusula establecida en la cual las partes implicadas se someten a un arbitraje en caso de incumplimiento por alguna de las partes . Pero de ese se encarga el derecho. El que atrae hoy mi interés es aquel otro, el compromiso ético, el que parte del civismo, la consideración y el respeto por la palabra dada, por la propia palabra, la de uno mismo o el compromiso como valor personal, o sea, el que supone una obligación de tipo moral. Desgraciadamente la experiencia me ha hecho ver de forma bastante cristalina la poca importancia que conlleva hoy en día para muchas personas su propia palabra dada.


Cuando nos comprometemos debemos pensar en nuestras capacidades para cumplir aquello que hemos aceptado y lo que ello conlleva y para eso hay que asumir como propio el objeto de aquello a lo que nos comprometemos, aunque sea una cosa aparentemente tan simple como acudir a una cita programada, a ayudar a un amigo a resolver algo o simplemente para tomar un café. Es desconsiderado haber quedado con alguien y dar luego una excusa para no acudir, o llegar tarde. Esto es muy habitual, y lo de la falta de puntualidad entra también en el terreno de la reprobación social como falta grave de educación. pero, sobre todo, sobrepasa la línea del egoísmo y la falta de respeto no pensar en que la otra persona ha dejado otros quehaceres para esforzarse en acudir a nuestro encuentro y que su tiempo también tiene valor.


La palabra compromiso viene de la latina compromissum. y significa la acción de aceptar una obligación que acostumbra a ser una decisión voluntaria, con alguien o algo, para asumir una responsabilidad. Compromiso con el logro de objetivos comunes implica dejar otras cosas coincidentes en el tiempo si este se necesita para un caso en el que hemos apalabrado colaboración o, por lo menos, eso es lo que mi sentido ético me dicta. Es un deber que se adquiere . La persona que acepta participación puede considerar que ha adquirido un compromiso y debe asumir que ha aceptado algo que tendría cumplir.


Para bastantes personas es muy sencillo decir pero, luego, no actuar en consecuencia Quien dice una cosa y hace otra se expone a juicios perniciosos para su reputación como persona seria y creíble. Porque dar una palabra supone una decisión que debe ser corroborada con los hechos. No es serio quien “donde dije digo, digo Diego “y luego busca excusas para justificar su irresponsabilidad, muchas veces mentiras que no son difíciles de detectar y que terminan echando por tierra la credibilidad de esa persona para siempre, convirtiéndose en alguien de poco fiar, generando a su paso frustración en los demás y desconfianza. Decía Kant: “ No hay nada más indigno que no mantener la palabra dada”. Es mucho mejor no prometer algo que no sabemos si vamos a cumplir. Lo peor es que esta clase de gente suele ser reincidente, lo hace una vez, dos y doscientas. Las personas que actúan de esa forma pertenecen a un tipo de personalidad de “poco peso”, poco responsable y poco empática y como consecuencia desconsideradas con el sentir de los demás, son gentes que, por lo general, no han recibido una educación basada en la formalidad y el compromiso que debe existir en las relaciones interpersonales. Todos tenemos en nuestro entorno personas así y son muchos políticos y otros personajes públicos quienes dan peores ejemplos al prometer cosas que nunca llegan a cumplir.


Hay individuos que no saben que empeñar su palabra conlleva cumplirla, aunque no exista una compensación económica. Vivimos en una sociedad donde la palabra dada significa poco y en la que el mayor pecado por el perjuicio causado a quien esperaba su cumplimiento no tiene más consecuencia para el incumplidor que la pérdida de su credibilidad ante los ojos de quien confió en él o ella, pero eso es a corto plazo porque las cosas se saben y se propagan llegando a un punto en el que la fama de persona poco responsable y sin sentido del rigor sobrepasa la línea de su entorno más cercano pudiendo así perjudicarla al trascender los límites de lo que simplemente le rodea. La palabra dada debe ser respetada por quien la ofrece, el no hacerlo desacredita seriamente y marca distancia en las relaciones con los demás.


Alguien comprometido o comprometida es quien convierte una promesa en realidad al cumplirla, en palabra de honor, ocurra lo que ocurra, aunque no haya dinero por medio. Y el mundo está muy necesitado de gente comprometida y seria. La sociedad necesita personas de bien, aunque eso suponga volver a alguna costumbre de otros tiempos.

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