• Estrella Collado

El dios solar en las culturas del noroeste peninsular



Origen y simbología de nuestros mitos


Los símbolos prerromanos solo los podremos conocer a través de los mitos indoeuropeos y en buena medida, a través de las leyendas que han pervivido en el folklore de los pueblos peninsulares hasta nuestros días. Nada sabemos a penas de sus dioses y religión.

En el caso de los astures y cántabros la escasez de datos epigráficos así como las divinidades de carácter local hacen difícil establecer relaciones entre estos pueblos y un esquema panteístico determinado.


La deidad suprema es el Sol y dada la popularidad de su culto desde el mismo Paleolítico ha tenido siempre una gran variedad de símbolos con los que se le ha representado. Su epigrafía se distribuye en época celta por el área de influencia que abarcaba esta cultura, es decir, el conjunto de la Europa céltica. La variedad de símbolos con que era representado es amplia, los principales son motivos soliformes, círculos concéntricos, ruedas radiadas, los trísqueles y tetrásqueles, hexafolias o hexapétalas que aún perduran en nuestra tradición. Todos se pueden hallar representados tanto en objetos funcionales como decorativos, sin duda hablándonos de que el emblema solar tuvo una reconocida función como talismán, para alejar enfermedades, malas energías y malos espíritus y proporcionar suerte a su poseedor.


Desde la Edad del Bronce podemos hallar en Europa una creciente asociación entre el sol y el caballo. En numerosos mitos el disco solar era representado sobre un carro tirado por caballos que lo transportaban a través del cielo, -el carro del dios Apolo-, mito que refleja el famoso carrito de Trundholm, en el que se representa un caballo de bronce tirando de un disco solar. Seguramente debían tener una función religiosa en la que se vincula caballo y sol con ideas de ultratumba.


La iconografía de la divinidad solar nos habla en primer lugar de la misión del dios celeste como gran guerrero protector de la humanidad. Estas representaciones solares debieron tener una función de talismanes al igual que el símbolo del caballo y el jinete. Dentro de las fíbulas de caballito hay un grupo caracterizado por poseer anillas, elemento que además de tener una función decorativa debió poseer una misión apotropaica, basada en el ruido del tintineo que producirían con el movimiento, y cuya finalidad debía ser alejar los malos espíritus del portador de la fíbula, –el dios Thor representado con su martillo protege al mundo de los gigantes, o el dios Indra, con sus rayos protege a la humanidad de la amenaza de los demonios, o la figura Wacilla de los osetas, una divinidad celeste dueña del rayo que no deja de circular por el cielo cazando los espíritus malhechores-, tradición que hereda nuestra cultura en la deidad solar/celeste Taranis, popularizado posteriormente en el Nuberu o Juan Cabrita en Asturias, Cantabria, norte de León y centro de Galicia. No olvidemos como en nuestra cultura tradicional se tocaban las campanas, que poseían un lenguaje mágico, para alejar las tormentas.


El rayo se evidencia como la principal arma del dios del cielo, empleada tanto para castigar a los espíritus malignos como en ocasiones a los propios hombres, así el Júpiter romano castigaba con su rayo a aquellos que faltaban a su palabra o violaban un pacto, puesto que también actuaba como protector de los pactos, algo que posiblemente sea extensible a la divinidad suprema celtibérica. En este caso como he comentado, nos ha quedado en nuestra mitología cántabra, astur-leonesa y gallega: Nuberu, especie de dios celeste que ordena las tormentas y tiene una dualidad bien/mal. Odín y Lug son también divinidades celestes que emplean la lanza como arma.


Las llamadas piedras «de rayo» son piedras talladas prehistóricas que se pensaba eran puntas de relámpagos y como tales eran veneradas y conservadas por casi todos los pueblos de la antigüedad, mostrando una antiquísima identificación entre rayo y lanza. De esa idealización nos queda el rito tradicional de poner herraduras o guadañas para cortar las tormentas.


Además de la protección contra los malos espíritus, otro cometido de la divinidad solar era , la de la sanación de los males, es sabido que en tiempos pasados las enfermedades eran vistas como espíritus malignos que se colaban en el cuerpo de los hombres y les causaban daño, por ello para muchos pueblos cualquier proceso de curación entraba dentro del terreno de la magia. En el mundo galorromano, el dios guerrero Marte era invocado como un guerrero que luchaba contra la enfermedad –venciendo a los espíritus enemigos que causan el mal en la comunidad- y de hecho poseyó santuarios curativos como el de Marte Lenus en Trier. Especialmente significativa fue en el contexto de las curaciones, la asociación de sol –representado en el fuego- y agua, a los que se otorgaba un poder regenerativo con gran capacidad de curación. De esa conjunción conservamos ciertas tradiciones ancestrales como la mágica Noche de San Juan.


El carácter guerrero de la divinidad suprema tiene su origen probablemente en la primera gran batalla de índole iniciático que ha de superar. Todas las mitologías indoeuropeas tienen en común la creencia de que el mundo es creado tras la derrota de un gran monstruo, que en ocasiones retiene las aguas del mundo impidiendo el surgimiento de la vida. Este mito aparece de muchas maneras, hasta nosotros ha llegado en el personaje mitológico del Cuélebre en Asturias, León y Cantabria considerado como una gran serpiente alada o especie de dragón. Pero su significado común es que el dios del cielo y el rayo se han de enfrentar y vencer al terrible monstruo que amenaza con la destrucción de la humanidad. Es de este modo como el dios Júpiter es representado en las columnas del Rin, como un jinete empuñando el rayo, y venciendo a las fuerzas de la oscuridad en forma de monstruo semi-zoomorfo. Y contamos con la sincretización de Júpiter romano o dios celeste/solar prerromano en el San Jorge de la posterior cristianización, dando muerte al dragón o Cuélebre. Y tal debió ser la importancia de esta deidad que a través de San Jorge su memoria se conserva hasta nuestros días, como protagonista de leyendas que nos han llegando por medio de la tradición oral, ha dado nombre a comarcas como es el caso del “Valle de San Jorge” en el concejo asturiano de Llanes, un barrio de Pamplona en Navarra, entre otros, y ha sido merecedor de importantes celebraciones en muchos lugares del Noroeste peninsular.


La estela de Clunia se halla representada por sus dos caras, en las que posee escenas diferentes. En la primera cara puede verse una alegoría del cielo nocturno y en la segunda del cielo diurno, o amanecer. En la cara que simboliza la noche, aparecen representados cinco elementos, un bóvido, un cánido, dos peces y una serpiente aparentemente con dos cabezas que enmarca el conjunto. No cabe duda de que el bóvido es una representación de la luna y de hecho aparece con los cuernos muy destacados mostrando la relación entre éstos y el creciente lunar, lo cual es muestra de un culto a los poderes creativos y fecundadores de la naturaleza, además de ser un símbolo de regeneración periódica. El cánido, probablemente lobo, sobre el bóvido en actitud de atacarlo. La escena recuerda al mito germano que explicaba el movimiento del sol y la luna por el hecho de ser perseguidos por lobos. Cada mes un lobo muerde a la luna, pero se escapa y crece otra vez recuperando la parte perdida. Con este mito o uno muy similar debieron explicar los antiguos celtas hispanos el porqué de las fases de la luna. El lobo, también muy arraigado en nuestra cultura popular, por sus características de animal cazador de hábitos nocturnos, que con frecuencia ataca los rebaños de los pastores, debió ser contemplado por aquellas sociedades ganaderas como un animal paradigma del caos, la muerte, la guerra y como no, la noche. El tercer elemento que llama la atención es una gran serpiente con dos cabezas que se halla en ambas caras de la estela enmarcando las escenas. Algunos autores romanos describieron a esta serpiente bicéfala como un animal supuestamente real con el nombre de anfisbena y en la iconografía aparece desde el mundo micénico representado en brazaletes. Esta representación también puede encontrarse en la península Ibérica. La serpiente bicéfala aparece en ocasiones en las estelas funerarias como la de Coemea Desica (localizada en un muro de la iglesia de la localidad burgalesa de Campolara), que al igual que en la estela que nos ocupa, aparece rodeando por completo la representación.


En la cosmovisión popular astur la serpiente alada custodia tesoros y custodia mujeres encantadas que en el caso particular de Nueva de Llanes reciben el nombre de Ayalgas y que tal vez estas sean la representación de la luna.


La divinidad solar también es asimilada por las culturas de la antigüedad como elemento fertilizador, pero de eso os hablaré en otra ocasión.



Imágenes de - dad de Niebla -: Hexapétala, símbolo solar en una fachada como elemento protector contra el mal. Y Estela discoidea que representa la divinidad solar en el castro de Coaña (Asturias)


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