• Merche Toraño

El ensueño de la felicidad consumista


Hubo un momento en la historia de la publicidad en que la función de esta era orientar hacia la compra de productos al alcance de todos, pero el crecimiento de la industria llevó a fabricar por encima de lo que se consumía y surgió la necesidad de obnubilar al consumidor para que comprara. Esto se conseguiría convirtiendo a cosas y personas en símbolos, de forma que lo que se anunciaba llegara a ser objeto de deseo, haciendo que, por lo general, eso primara ante la funcionalidad, convirtiéndolo en uno de los determinantes para vender. A todo ello, se suma hoy el gran número de soportes con los que se cuenta para asignar a los productos un simbolismo que hace que los receptores de los mensajes perciban una realidad que no existe.

Los productos ofertados en el mercado no siempre están al alcance de todos. Y, por aquello de: ”Ojos que no ven, corazón que no siente.” ¿Estaríamos menos frustrados si no existiera la publicidad? Pienso que no. Bien es cierto que si no se conocieran los productos existentes en el mercado no se crearían más necesidades de las básicas: alimento, vestido y vivienda, pero, por suerte o desgracia, vivimos en una sociedad capitalista cuya base es el consumo y en la que para ser feliz sin cosas materiales, se necesitaría una determinada actitud en la que no estamos educados y de la que la publicidad persuasiva tiene la misión de abstraernos por medio de efectos simbólicos que nos llevan a difuminar la realidad .Está claro que, salvo algún ser socialmente inadaptado o rebelde ante el consumismo, los habitantes de las sociedades llamadas civilizadas adoptamos un comportamiento casi sumiso ante la intromisión en nuestra vida de ofertas publicitarias.

Los intereses de las empresas se encargan, por medio de la publicidad, de alimentar ese mundo de ensoñaciones de las que los humanos nos nutrimos para que el camino por la vida resulte un poco más llevadero. Soñamos con aquel coche magnífico o aquel cuerpo perfecto, y se vive con la esperanza de poder conseguir un día todas o alguna de aquellas cosas que, presumiblemente, podrán darnos un mayor confort, autoestima y estado de dicha. Es una forma de retroalimentación psicológica que nos hace vivir una ilusión hasta que la siguiente campaña nos persuade de que un nuevo producto es mejor que el anterior. Tenemos que desechar aquel sueño y comenzar uno nuevo, y así, sumergidos en el estado de quien siempre espera, volvemos a comenzar el camino ilusionante hacia lo tal vez inalcanzable sin querer percatarnos de lo absolutamente dirigida que está nuestra psique ni de que los productos de consumo, exhibidos y sugeridos hasta la saciedad, tienen, por obra y gracia de quienes los comercializan, un corto plazo para su fecha de caducidad. ¡Hay que volver a estar al día, no podemos quedar atrás! y así transcurre nuestro tiempo, ansiando alguno de esos símbolos de presunta felicidad y no atinando nunca a alcanzarla del todo, pero con la ilusión de poder llegar a conseguirla. Y es que… mientras hay esperanza, se dice que hay vida..

Imagen de - edad de niebla -





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