• Merche Toraño

El grito de Munch


Un grito pidiendo paz, justicia y ausencia de dolor

El cielo de Munch existe y nosotras hemos tenido la suerte de poder fotografiarlo

-edad de niebla-


Hubo momentos en que la visión de ciertas expresiones artísticas llegaron a provocarme inexplicables y diferentes sensaciones que relaciono ahora con distintas etapas emocionales de mi vida.


No olvidaré las lágrimas que de forma furtiva e incontrolada se me escaparon ante aquella serie de cuadros de nenúfares de Monet, de inmenso tamaño, colores neutros e incitación a lo romántico que, siendo muy joven, tuve la suerte de poder admirar en una exposición antológica en el Louvre. Era una época en la que mirar atrás no entraba en mis esquemas mentales, tal vez porque “mi atrás”, tan corto en el tiempo todavía, no merecía la categoría de pasado. Ahora ya, desde el grado de comandante en eso de la existencia, rango que empieza a corresponderme por mis años vividos, he vuelto a visionar una pintura que si hace años no me causó más emoción que la que sus elementos plásticos podían transmitirme, hoy alcanzo a analizar desde la impactante fuerza de lo banal y estúpido del mundo. Es El grito, la más famosa obra del pintor Edvard Munch e icono del expresionismo europeo.


El tema es una visión fantasmagórica de origen psicológico que subyace de la difícil infancia del autor y sus inmensos miedos que fueron, sin duda, el desencadenante de esa personalidad depresiva e introvertida que le llevó a refugiarse en unas pinturas en las que reflejó sus frustraciones.


El grito representa al hombre en un mundo moderno que el pintor no comprende y que le aterroriza. La escena está basada en un hecho que el mismo autor vivió y contó:


"Caminaba yo con dos amigos por la carretera, entonces se puso el sol. De repente, el cielo se volvió rojo como la sangre. Me detuve, me apoyé en la valla, indeciblemente cansado. Lenguas de fuego y sangre se extendían sobre el fiordo negro azulado. Mis amigos siguieron caminando, mientras yo me quedaba atrás temblando de miedo, y sentí el grito enorme, infinito de la naturaleza” (Edvar Munch)

El grito. Cuadro de Edvard Munch (Museo Nacional de Noruega)


Para comprender mejor el contenido psicológico de un cuadro hay que abstraerse de lo que nos rodea durante un buen rato, observarlo sin otra intención que entender el mensaje del pintor. Y esto fue lo que hice. Me detuve, dejé todo lo demás e intenté empatizar con el artista y con su momento histórico. Fue en esa situación cuando montones de escenas que Edvard Munch pudo haber vivido y presenciado desde su infancia hasta el momento de su muerte (1944) cobraron vida en mi imaginación y me produjeron un terrible desasosiego. Creí descubrir en la representación de El grito una llamada de socorro, una petición de ayuda para las almas sensibles que viven atormentadas en un mundo que les resulta hostil, porque no acaban de comprender a la sociedad que lo habita. Un grito que viene de la nada y del todo, pidiendo cambios sociales, paz, justicia y ausencia de dolor. Fue entonces cuando comprendí, no solo la intención desesperada de Munch por provocar en este cuadro sentimientos profundos y solidarios en el espectador sino que pude entrever con claridad la misma y continua atormentada llamada en cientos de imágenes, más cercanas o lejanas a nosotros, que sin ninguna sensibilidad y con afán sensacionalista, las más de las veces, son mostradas cada día en cualquier medio de comunicación.








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