• Estrella Collado

El traductor del lenguaje de las olas



El curso se había acabado. El invierno quedaba atrás y junio anunciaba las esperadas vacaciones y, lo que es mejor, el regreso de mi padre para pasar el verano con nosotros.


-Bien…¡llega papá!


Mi padre escuchaba el sonido del mar ensimismado, como si las olas le estuvieran confiando algún secreto inconfesable. Entre tanto, sujetaba relajado la caña de pescar en los acantilados del Cabo de la Mar, en San Antonio, para mi el lugar más bello y mágico de la tierra. Y así, podíamos pasar allí horas y horas o mejor la vida entera.


-¿Qué haces papa? No ves que la caña se esta moviendo.


-Ah, claro hija, debe ser una lubina, pero muy pequeña, para no darme cuenta.


Sacamos al pez de la mortal trampa y con mucha delicadeza lo devolvimos a la mar... para mi contento.


-Entonces, es que no sé que haces papá, ¿para que vienes a pescar?


-Escucho… es muy importante saber escuchar.


-¿Que escuchas?


Sabes hija, la naturaleza nos envía mensajes a través de las olas. Las olas del Cantábrico hablan un idioma ancestral. Papá apuraba un cigarrillo, mientras el humo pasaba lento y me perseguía envolviéndome la frente, con un gesto de enfado, me lo quitaba de encima con las manos, no sin antes reprocharle lo mucho que fumaba.


-¡Ah, pues no sabía yo que las olas hablaban! ¿ Papá y que te dicen las olas?

Se llevó el cigarrillo entre sus dedos amarillentos, por el abuso de la nicotina, sonrió burlón, torciendo un poquito la boca hacia la derecha, en una mueca tan característica suya, y nunca me respondió…


-Anda papá, dime que es lo que te dicen. ¿Qué te dicen ?...¡Porfa, porfa, dímelo!

-¿Porqué a mi no me dicen nada?


-Porque aún eres muy niña, me respondió con tono circunspecto, ya las entenderás. Solo tienes que esperar.


Quedé intrigada con una curiosidad obsesiva… ¿Qué dirían las olas del mar, que idioma hablarían que mi padre lo comprendía y yo no?


Al final caí en la cuenta. Como papá estaba trabajando en Francia, había tenido que emigrar para buscarse la vida, pensé muy convencida que seguramente hablarían en francés, y por eso yo no las entendía. Pero a pesar de todo cada verano esperaba la ansiada respuesta.


Después de recoger los pocos peces que habían picado aquel día y las cañas y los aparejos, bajamos por los acantilados hasta donde nos esperaba nuestro mágico coche. Que no era ni más ni menos que un Seat 600, de “cuarta” mano por lo menos. Pero mi imaginación infantil, con la ayuda inestimable de mi padre, lo había convertido en el coche más fantástico del mundo, y aunque mis tíos tenían automóviles mejores y más modernos, yo siempre quería ir con mi padre, en nuestro "asombroso seiscientos" que tenía una catarata de agua incorporada donde te podías refrescar en los calurosos días estivales, pues tenía en el suelo del asiento del copiloto, donde yo iba, un agujero importante y cuando llovía, papa pasaba el coche por los charcos y subía un montón de agua por mis piernas mientras yo descargaba toda la adrenalina del mundo con gritos alegres e intensas carcajadas, instando a que lo repitiera una y otra vez.


¡Él conseguía que mi mundo fuese formidablemente feliz!


Después de muchos años al fin descubrí que las olas del mar también me hablan y no en francés…. Hablan en una lengua primigenia que solo unos pocos pueden entender. Y de vez en cuando oigo su llamada y acudo rauda y, como mi padre, me quedo abstraída horas y horas escuchando. Y es difícil comprender pero es mucho más difícil cumplir la misión que me han encomendado, aunque pongo todo mi empeño cada día para lograrlo.


Imagen cedida por Estrella Collado a - edad de de niebla -

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