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  • Merche Toraño

Experimento de la cárcel de Standford



Hay cosas en la vida que por sus implicaciones éticas pueden forjar nuestra capacidad cognitiva hasta el punto de acostumbrarnos al análisis antes de a la ligereza de juicio. Y fue un trabajo que tuve que hacer en mi época universitaria sobre el experimento en la cárcel de Stanford lo que obró en mí una especie de catarsis de lo visceral a lo reflexivo que me permitió en lo sucesivo gestionar e interpretar la información de los hechos desde el conocimiento, la experiencia y la sensatez.


El experimento de la cárcel de Standford está etiquetado como uno de los más controvertidos que se ha dado en el terreno de la psicología y es motivo de estudio en las clases que sobre esta disciplina se imparten en las universidades.


En qué consistió


Aprovechando unas vacaciones del verano de 1971 en la Universidad de Standford, el profesor de psicología Philip Zimbardo y su equipo llevaron a cabo una investigación sobre el proceso de cambios experimentados en las personas al ser sometidas a determinadas situaciones desconcertantes y nuevas en las que unos pierden sus derechos y su libertad y otros obtienen poder social. Los investigadores querían ver lo que ocurría al enfrentar “buenas personas con una mala situación”. El experimento se llevaría a cabo en una prisión ficticia. Se habilitaron los bajos de la Universidad de Standford hasta convertirlos en lo más parecido a una cárcel. En cada una de las celdas, en las que no había relojes, ventanas ni nada que indicase que fuera de allí existía otra vida, se colocaron tres catres para otros tantos prisioneros. Se seleccionaron 24 estudiantes universitarios varones y, al azar, se repartieron los roles de presos y guardianes. Para dar una apariencia de realidad al experimento, los elegidos para el papel de presos fueron acusados de robo a mano armada y arrestados en sus domicilios con un poderoso despliegue de contingentes de la policía de Palo Alto que colaboró con Zimbardo en esa ocasión. Lo que ocurrió a partir de ahí es tan sorprendente e inquietante que el propio Zimbardo tuvo que suspender, en seis días, un proyecto que se había programado para que durara dos semanas.


Sin que los chicos hubieran entrado todavía en el papel que debían interpretar, se les conduce a la falsa prisión y se les encierra en unas celdas, pero enseguida asumen el rol que se les había encomendado, respondiendo a los estereotipos adecuados: el carcelero identificando el suyo con el control y la autoridad y el preso con el de controlado y amotinador. Y en los dos grupos se experimentaron una serie de cambios de identidad. En muy poco tiempo, los presidiarios se mostraron sumisos, depresivos y desvalidos, mientras los guardias se convirtieron en sádicos y mezquinos


A los guardianes se les dota de uniforme, porras y silbato (símbolos de superioridad y autoridad ante la casi desnudez de los encerrados) y unas gafas de espejo que, al mismo tiempo de aportarles una apariencia de anonimato, impiden que sus miradas, y en ella sus emociones, sean observadas. Esto hace que se sientan grandes ante la debilidad de los otros, hasta llegar a confundir su actualidad ficticia con una realidad de superioridad que llevó el alcance de sus funciones más allá de lo que probablemente el investigador hubiera sospechado antes de comenzar el experimento. Se utilizan contra los detenidos medidas sumamente autoritarias, llegando a ejercer tortura psicológica contra algunos de ellos. Por otra parte, los reclusos pasan por un proceso de absoluta degradación como seres humanos. Se sienten observados, no se les permite usar su nombre, se les coloca un número de identificación, se les espulga y se les pone un gorro de media para simular un afeitado en la cabeza, son obligados a llevar una bata como única indumentaria, métodos utilizados en las cárceles para minimizar la individualidad, y una cadena en el pie para que no olviden que están en una cárcel. En el segundo día de esta sórdida situación los reclusos protagonizaron una rebelión que pudo ser sofocada pero, para que el hecho no se repitiera, los carceleros decidieron utilizar medidas de represión psicológica, estableciendo una celda “privilegio” para gratificar a los menos revoltosos. Y horas más tarde, utilizando métodos de las cárceles establecidas para provocar el desconcierto entre los individuos y la desconfianza entre ellos, intercambiaron a los presos poniendo a los buenos en celdas de malos y a los malos en las de privilegio. El efecto fue el buscado y dio como resultado unos cuantos individuos sin grupo e insolidarios con sus compañeros, lo que facilitó el dominio de los guardias sobre ellos.


Ambos, carceleros y presos, sufrieron lo que en psicología se llama desindividuación, hasta el mismo Zimbardo, que representaba el papel de superintendente, sucumbió olvidándose de lo que todo aquello suponía como experimento.


Se ha dicho que el resultado de este trabajo demuestra la impresionabilidad y la obediencia de la gente cuando se le proporciona una ideología legitimadora y el apoyo institucional y ha sido utilizado para ilustrar la teoría de la disonancia cognitiva y el poder de la autoridad y, por supuesto, para demostrar la teoría de la desindividuación.


Pasando por alto que no todos los guardianes fueron tan sádicos ni todos los prisioneros tan débiles, el Dr. Zimbardo pudo demostrar que cuando una jerarquía superior otorga poderes a una persona en condiciones situacionales adecuadas, esta puede caer en el error fundamental de la atribución, sobredimensionando una disposición interna hacia el egocentrismo y, como consecuencia, una vileza que antes no había podido mostrar al no darse aquellas condiciones.


Aunque los resultados del experimento favorecen la atribución situacional de la conducta, desde mi carencia de erudición en la psicología humana , guiada solo por mi sentido común y teniendo en cuenta que todo experimento conlleva una serie de factores o variables que pueden alterar el resultado del mismo, no puedo interpretar como paradigma un hecho porque un grupo pequeño de individuos reaccionen de igual manera ante una situación. Incluso se desprende de un estudio posterior que muchos de los guardias indicaron que solo estaban interpretando el papel que creían se esperaba de ellos.


-En la cárcel de Stanford solo participó un grupo muy limitado de personas ¿Se dieron todas las circunstancias necesarias para un resultado aplicable a las masas?


-De golpe se somete a 24 jóvenes a unas condiciones extremas con unos roles buscadamente antagónicos y se termina el experimento al sexto día sin que ni a los dominadores ni a los dominados les dé tiempo a reaccionar y encontrar estrategias reflexionadas que les ayuden a gestionar la situación.


-No me cabe ninguna duda de que el proceso mental de convertir a una persona normal en un monstruo existe, aunque me cuesta creer que ocurra de un día para otro.


- Y por último. Algo que tampoco me ha quedado claro en el resultado del experimento es si esa vulnerabilidad ante cambios situacionales que propicia la pérdida de la identidad individual, llamada en psicología social desindividuación, se achaca solo a los emocionalmente más débiles o a todos por igual.


Imagen de - edad de niebla -

















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