• Estrella Collado

Gambia, una sonrisa al mundo



Hace 10 años, por la insistencia de un amigo gambiano, nos animamos a visitar este pequeño país que tiene muchos encantos, pero lo mejor de todo sus gentes. Fuimos en noviembre, por las fechas de la celebración de la Fiesta del Cordero, equivalente a la Navidad cristiana, mi pareja y yo éramos los únicos turistas que nos movíamos por los pueblos y ciudades gambianas, solos o en la inestimable compañía de Kebasyssy. Y la mayor parte de sus vecinos sin conocernos de nada nos ofrecían sus casas para invitarnos y agasajarnos en su celebración más importante.


Este maravilloso país está situado en la costa atlántica del continente africano, prácticamente rodeado por el Senegal con la excepción de la zona de la desembocadura del río que lleva su mismo nombre. Fue colonia del Reino Unido hasta 1965 en que se independizó. En el año 1982 junto con Senegal crearon la Confederación de Senegambia. Posteriormente disuelta el 30 de diciembre de 1989.



Las primeras referencias de esta zona del África subsahariana son del año 500 d.C, existen vestigios de una cultura que construía unos sofisticados círculos de piedra. Después comenzarían intercambios comerciales a través del Sahara con los árabes. Este comercio fue floreciente y, gracias a él, proliferaron estados poderosos como el imperio de Malí, y tras entrar este en decadencia en el s. XV el pueblo Mandinká emigró a Gambia. Por esta época los portugueses alcanzaron estas costas constituyendo asentamientos en el río Gambia e iniciando un cruel comercio de esclavos y también de oro. A continuación llegarían ingleses, holandeses y franceses. La zona se convirtió en un constante enfrentamiento entre galos y británicos por hacerse con el control de la misma, así como de territorios limítrofes.


El Tratado de Versalles de 1783 otorgó al Reino Unido la posesión del Río Gambia salvo el enclave de Albreda que se mantuvo bajo soberanía francesa, siendo cedido a Inglaterra en 1857. El tráfico de personas comenzó a ser una importante actividad en la región. Más de dos millones fueron enviados desde esta zona a las colonias en América. En 1807 se abolió el comercio de esclavos en el Imperio Británico intentando terminar con este tráfico humano en Gambia. Por este motivo crearon el puesto militar de Bathurst, germen de la actual capital, en 1816. Durante los años siguientes, la ciudad estaba sometida a la jurisdicción del gobernador general británico en Sierra Leona. En 1888 se convirtió en una colonia autónoma y un año más tarde pasó a ser una colonia real. Durante la Segunda Guerra Mundial, las tropas gambianas lucharon con los aliados Banjul sirvió como base aérea para la Armada Americana y como puerto para los socios bélicos.


Por fin llegó la independencia que trajo prosperidad al país. Pero a finales de la década de 1970 el precio del cacahuete bajó y hubo dos intentos de insurgencia. Jawara sobrevivió a ambos y ganó las elecciones sucesivamente hasta 1992. El precio del cacahuete siguió bajando en picado y el descontento se generalizó, finalmente Jawara fue derrocado en un golpe de estado convirtiéndose Jammeh en dirigente del país. En 2013 Gambia dejó la Commonwealth. Y el 2016, fue elegido el actual presidente Adama Barrow.


Aunque sigue siendo pobre, su economía crece. Es un destino cada vez más atractivo para el turismo, y está adquiriendo un desarrollo rápido. Es el país más pequeño de África, muy similar a la extensión del Principado de Asturias, tiene dos millones de habitantes, su capital es Banjul, y la segunda ciudad más importante y con mayor población es Serekunda. El idioma oficial es el inglés y el mandinká. Sus habitantes son gentes amables y trabajadoras. La religión oficial es el Islam y su fiesta más importante es la del Cordero.


Quedamos fascinados por su exuberante naturaleza, por sus playas de arena blanca, y lo mejor de todo el paisanaje. Los gambianos son muy trabajadores y muy dignos. Nadie te pide por la calle. Sonríen, son amables y muy hospitalarios.



Banjul, está situada en una isla donde el río Gambia desemboca en el Atlántico, nos llamó la atención su ritmo tranquilo y pausado, tiene más apariencia de pueblo que de urbe, con sus calles de tierra y la cordialidad de sus habitantes. Visitamos un barrio lleno de niños donde nuestro amigo realiza una extraordinaria labor de apoyo y ayuda, en cuanto a escolarización y necesidades básicas. Llevamos material escolar y unas golosinas, que me costó casi una “pelea” pasarlas por la aduana, y jamás he visto tanto agradecimiento por tan poco. La recogida de residuos y limpieza viaria se realiza una vez al mes. Los barrios más humildes huelen a alcantarillas de aguas residuales que discurren libremente. Para mi nada de esto le ha restado encanto. Visitamos el famoso Mercado Albert, donde hay una intensa actividad, puestos de todo tipo, sobre todo textiles. Telas coloristas y artísticas y confección, allí mismo los modistos te hacen por encargo el vestido que quieras por un precio muy bajo para nosotros.



Recorrimos el manglar que constituye uno de sus ecosistemas más característicos, donde habitan variedades de vistosas aves y también simios. En nuestro recorrido no logramos avistar ninguno aunque si pudimos oír sus agudos chillidos. Al atardecer los pescadores regresan de faenar en sus lanchas y desembarcan en las playas con ingentes cantidades de pesca. Desde allí mismo venden o hacen entregan de su carga a los secaderos de pescado, ubicados en la misma playa, bajo techumbres de paja. Resulta curiosa la frenética actividad sobre las arenas blanquecinas de hombres, aves, y moscas.



Serekunda se ubica a unos 11 km de la capital en la región de Kanifing. Fue fundada en el siglo XIX por Sayerr un lamane o rey del pueblo serere, y su nombre es un término mandinká que significa “hogar de la familia Sayerr”. Actualmente es una ciudad de servicios donde se encuentran hoteles y restaurantes, mercados de artesanía y de alimentación, proyectados al turismo.



Como buen anfitrión, nuestro amigo nos llevó a uno de los lugares más emblemáticos del país y de obligada visita: el Estanque de los Cocodrilos de Kachikally, de carácter sacro para los lugareños, puesto que los cocodrilos representan el poder fertilizador en este país. Las mujeres que tienen problemas para quedarse embarazadas acuden a este “santuario” donde los grandes reptiles campan a sus anchas y se bañan en el estanque junto a ellos. En las inmediaciones se encuentran unos gigantescos árboles conocidos como pies de elefante. El guía del centro nos contó la leyenda de la mujer cuyo hijo cayó a las aguas del estanque, y como ni el niño, ni ella sabían nadar, la madre como loca corrió al poblado más cercano a pedir ayuda. Al llegar los vecinos al lugar, encontraron al pequeño vivo y sentado en una orilla. Aún hoy en día muchas mujeres acuden a este lugar para rezar y pedir por su fertilidad.


Yo no daba crédito, a lo largo de los pasillos aquellas moles tomaban el sol inmóviles. Incrédula le comenté a Kebasyssy: ¡Están disecados, no se mueven! Cuando de pronto uno de ellos avanza y se deja caer en el agua... tuve que reprimir un grito ante la seña de silencio que me hizo mi amigo, él y mi marido los acariciaban como si estuviesen acariciando a un perrito. No entendía nada, así que muerta de miedo tomé “las de Villadiego” y, sola, me fui a visitar el Centro de Interpretación donde pude comprender la cultura y la historia del país y de sus gentes. Herramientas, útiles, chozas, trajes y otros elementos etnográficos así como los rituales chamánicos con sus máscaras y elementos apotropaicos, la camisa Juju, a la que se unían pequeñas tiras de piel enrolladas, también llamadas jujus, destinadas a proteger a su portador y a su aldea en momentos de conflictos, enfermedades o disputas por la tierra. Muy interesante.



Quedé con las ganas de recorrer el país en un viaje de navegación por el río Gambia, pero por una indisposición me fue imposible. Este viaje marcó mi vida, tuve sensaciones encontradas maravillosas y tortuosas, pero lo más importante fue una lección de vida, de humildad, y de humanidad. Y además dejé de fumar.


Algún día volveré a abrazar a nuestro amigo, y a sus amables compatriotas, a terminar mi itinerario por el “río de la vida”, y a visitar Juffuret, el pueblo que vio nacer al famoso esclavo Kunta Kinte.


Imágenes de - edad de niebla -


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