• Estrella Collado

La Guerra del chuletón


Alimentos, intereses y manipulación



Resulta chocante cómo, en función de parámetros económicos e industriales, desde las altas esferas que rigen el mundo nos pretenden manejar cuál marionetas. Nos dicen lo que es bueno, lo que es malo, lo que tenemos que dormir, lo que tenemos que vestir, lo que tenemos que comer e incluso lo que tenemos que pensar en función de sus conveniencias financieras.


Todo esto me viene a la cabeza a raíz de la recomendación de la OMS y de la campaña del ministro de consumo en contra del abuso de los cárnicos. Recuerdo que a finales de los 70 a las personas hipertensas se les prohibía comer productos cocinados con aceite de oliva primando el uso del de girasol por considerarlo mucho más saludable. Después de unos años probado quedó que el de oliva, además de ser nuestro producto estrella nacional, es un gran aliado nutricional para nuestra salud. Posteriormente fueron los huevos, cuyo consumo reducían los médicos a uno, o a lo máximo dos, por ser nocivos para el colesterol.


En esta guerra nutricional también fue bombardeada la hamburguesa enmarcada en la llamada comida basura. Pero claro está, aquí dieron con un hueso duro de roer, el poder de las grandes cadenas de hamburgueserías internacionales logró frenar los ataques. Y hasta el mismísimo Grande Covián defendió su consumo moderado.


En otras ocasiones, fueron otros los objetivos bélicos de los intereses de las industrias alimentarias. Ahora el turno es para la carne, que por cierto ha estado en la dieta de los homínidos desde el momento en que se produce la transición de la vida arbórea a la postura erecta, instante en que su dieta comenzó a depender de la caza de grandes mamíferos. Desde entonces hemos pasado la vida alimentándonos de la carne, de donde viene la aportación que el organismo humano necesita de proteínas y también hierro, zinc y en mayor proporción vitaminas A, B6 y B12.


En esta reciente pugna que surge como consecuencia de las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud, quien argumenta la "probada relación" de su consumo con el cáncer así como por el coste medioambiental que genera la ganadería intensiva, se ha unido el "recién aparecido", Garzón, ministro de consumo. Y en su reciente visita a Asturias, en el marco de su campaña ministerial contra los productos cárnicos, lo suelta y se queda tan tranquilo: "Hay que reducir el consumo de carne"...y lo dice justamente en una Comunidad Autónoma de excelsitud ganadera.


Estos asuntos, cuando menos, a los ciudadanos y/o a los consumidores nos parecen inauditos, por no decir que nos mosquean. Por un lado, nos quieren quitar la carne de nuestra dieta de un plumazo -sabrá Dios en respuesta a que intereses- y por otro se pretende paliar el abandono de la zona y de la vida rural. Sin duda, es lamentable el incesante desamparo de los pueblos de España, su recuperación tan solo será posible, a medio plazo, con políticas que vertebren los territorios y corrijan los desequilibrios tanto demográficos como territoriales. Ni que decir tiene que en el medio rural la principal actividad es la agropecuaria. Si orquestan campañas en contra de la carne, están implícitamente trasladando un mensaje contra el modus vivendi de las zonas rurales.


Pues a ver si nos aclaramos... Una se pregunta ¿Queremos de verdad una España no vaciada? ¿Queremos apoyar la ruralidad? Entonces, señor Garzón, apoyemos sus actividades y sus productos. Las carnes que provienen de nuestras zonas agrarias, como puede ser el caso de Asturias o de cualquier comunidad ganadera del Norte del país, es un producto con marchamo de calidad originario, no de ganaderías intensivas a las que se refiere la OMS, sino de ganaderías extensivas con reses criadas en las montañas y en grandes extensiones de terreno, donde pastan en libertad, siendo su desarrollo lo más natural posible. Por otro lado este tipo de ganadería apenas erosiona el suelo, permite preservar los ecosistemas y la diversidad de especies.


Slogans como "Menos carne más vida", "El azúcar mata", etc... me parecen un tanto injustos, prefiero quedarme con la sensatez de que hay que consumir de todo pero con moderación. Todo en exceso es malo.


Por tanto vaya nuestro respeto y consideración para los ganaderos y para la gente del campo que hacen posible nuestra alimentación, que son parte vital de la riqueza social y territorial y también una apuesta muy importante por la economía de este país.




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