• Edad de Niebla

La habitación secreta

Historia contada por su protagonista



No, no era el aire de fuera. La contaminación se producía dentro de la casa. Tampoco se veía a simple vista, pero dentro de mí provocaba una inquietud y desasosiego que a veces me impedía respirar.


El mes de junio para mí era muy malo. Se terminaban las clases y llegaban los suspensos. Una decepción y un disgusto para mis padres. Bronca, malas caras,…y todos los problemas de siempre agudizados por ser irresponsable y mala estudiante. Era entonces cuando me marchaba de casa diciendo que iba a ver a algún amigo de la familia y darme un paseo. Ese día me fui a casa de Pili, una amiga de mi madre que vivía muy cerca. Era una riojana que había sido chica del coro de Celia Gámez, quizá por eso a mi padre no le gustaba mucho que mi madre se relacionara con ella…Entonces se suponía que toda la gente del teatro era mala cristiana y si era mujer, además puta. Era muy moderna y divertida y como había vivido algunos años en París decía de vez en cuando alguna palabra en francés. No lo pronunciaba bien pero lo hacía con la gracia de quien sabe que eso provocará la risa de quien lo escucha.


Pili vivía en una buhardilla muy pequeña en la calle de las Minas cerca de mi casa. Parecía una vivienda de juguete. Se respiraba libertad y aunque yo tenía catorce años no me decía nada cuando encendía un cigarrillo.


Comí con ella y como ya hacía calor, a las dos nos entró sueño. Le comenté que me apetecía dormir una siesta pero que me marchaba a mi casa ya que sabía que solo tenían el dormitorio de ella y de su marido. De repente, me dijo que esperara un momento. A los pocos minutos apareció con una llave bastante grande en la mano, cogió unas sábanas del armario y me dijo que la siguiera. Salimos de su casa y anduvo unos pasos, muy pocos, hasta llegar a una puerta. Abrió y allí había una habitación, que en realidad era un mirador. Era de todos los que vivían en las buhardillas: De todos y de nadie.



Imágenes de - edad de niebla -


En el mirador había un somier de hierro con un colchón de lana y debajo de la cama un orinal. Entraba mucha luz por los cristales y por las tablas del suelo, si te fijabas, se apreciaba el vacío. El suelo de madera lo sujetaban dos tablones inclinados a la pared del edificio.


Tendió las sábanas sobre la cama y se volvió a marchar para traerme una almohada. Antes de irse me pregunto que si me llamaba a alguna hora y le dije que no. Mi madre ya sabía que estaba en su casa. Me dio la llave y me dijo que cerrara por dentro y que cuando me despertara cerrara por fuera para devolverle la llave a su vecina.


Cuando me quedé sola sentí que me latía el corazón más deprisa. Por un lado estaba encantada de estar sola en un lugar que no tenía dueño y del que nadie más que yo tenía la llave. Por otro, me sentía como subida en una nube de la que me podía caer en cualquier momento. Ahora sé que tal vez la soledad y sentirme libre de todo y de todos me producía un vértigo difícil de interpretar.


Me tumbé y cerré los ojos. Una sensación de seguridad y paz me envolvió.


El “aire esencial para la vida” estaba allí. Mi nariz lo respiraba con fuerza para llenar los pulmones. La cabeza la tenía más clara, no notaba ninguna interferencia. Ese aire no estaba contaminado como en mi casa y la razón era porque ellos, mis padres, no estaban allí y tampoco podrían encontrarme. Ese aire no me era desconocido, pero hacía mucho tiempo que no lo disfrutaba con tanta libertad y sin miedo, ese que vivía en casa y que por un par de horas me dejaría en paz. Sanarme por dentro y por fuera de sus gases venenosos fue un regalo inesperado de una habitación inexistente sin dueño y suspendida en el aire limpio del barrio de Malasaña, en una casa de la época de Galdós.


Mi agradecimiento a Pili es y será siempre eterno.


Isabel González de Velandia


Imágen cedida por la protagonista de la historia


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