• Estrella Collado

La ladrona inocente



Foto cedida a Edad de Niebla por Nel Pumares


Cuando era pequeña me encantaba escuchar cuentos, leyendas e historias. Y en especial me marcó una que contaba Amparo, amiga de mi abuela, que residía en la capital de España. Una historia muy triste de un suceso que tuvo lugar en el barrio de los Austrias en la baja Edad Media.


La Marquesa de la Alameda era famosa entre la sociedad de la época por sus riquezas y, en especial, por las valiosas joyas que lucía en las fiestas.

La señora tenía varias mujeres a su servicio entre ellas una chica joven, guapa y alegre recién llegada de Cuenca. La eligió como su doncella personal y entre otras tareas se ocupaba de su ropero, la ayudaba a vestirse a desvestirse, a engalanarse con sus joyas y a realizarle diferentes peinados.


Un día que la marquesa había salido, la joven doncella cometió el tremendo error de probarse sus vestidos y algunas de las joyas que tenía más a mano. Y delante del espejo se dejó llevar por sus sueños juveniles. De pronto, la señora anticipó su regreso y pilló a la infeliz con sus pertenencias bailando frente al espejo. Después de una gran regañina y las palabras más humillantes e hirientes que le pudo dedicar, la relación con la joven criada y su señora cambió por completo.


Tras el incidente y pasado un tiempo la señora marquesa tenía un acontecimiento importante para el que requería ir muy elegante y enjoyada. Pero, cuál no fue su sorpresa cuando el joyero que tenía siempre al lado de la ventana estaba vacío. No quedaba ni una sola alhaja. Inmediatamente las sospechas recayeron sobre la joven criada de Cuenca. A pesar de que esta jurara y perjurara que ella no las había robado, y clamando entre lágrimas su honestidad y honradez. Llorando de rodillas frente a su señora le prometió su inocencia. Pero esta no la creyó. Tampoco se apiadó de ella. Y llamó a los agentes de la Santa Hermandad, que se la llevaron detenida a los calabozos.


En el juicio la criada, entre llantos y súplicas, repetía una y otra vez que era inocente. Nadie la escuchó, siendo condenada a morir en la horca.

Sin ningún rubor la señora Marquesa puso este hecho de ejemplo a toda su servidumbre. Recalcando que en adelante cualquier miembro del personal de su palacio que osara robar sus propiedades tendría el mismo final.


Al año siguiente comenzaron a podar los árboles del jardín. Y para sorpresa de todos los presentes, de un nido de urracas comenzaron a caer joyas. Eran las desaparecidas y por las que fue tan injustamente ahorcada una inocente acusada de ladrona.

Las urracas muy aficionadas a los objetos brillantes, viendo el joyel al lado de la ventana abierta, se las habían llevado para sus nidos. Y la marquesa mal pensante, prepotente y egocéntrica no hizo caso del llanto sincero de su cándida doncella y sin más pruebas que su palabra la condenó a muerte.


La Urraca. Ilustración cedida a Edad de Niebla por su autora Mercedes Montaño


La señora de Alameda, con grandes remordimientos, no podía soportar la injusticia que ella misma había cometido. Muerta de pena y agobiada por el peso de la culpa, prometió ofrecer misa diaria, a perpetuidad, por el eterno descanso de la joven ahorcada, tanto en Madrid como en su pueblo de Cuenca, y donó todas sus riquezas a sus familiares. Aunque ni con el dinero pudo comprar la tranquilidad de su conciencia. Su arrepentimiento no logró nunca borrar lo pasado. Dicen que la Marquesa se volvió loca.




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