• Estrella Collado

La Osa de Ándara



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La presencia de un "extraño ser" de dos metros de altura conocida como la Osa, en los bastos territorios que circundan los Picos de Europa y los Urrieles -comarca de Ándara-, cuyo avistamiento se ha producido incluso en épocas no muy lejanas, está documentada desde el siglo XIX.


Ándara es el nombre de un macizo montañoso ubicado en la zona suroeste de Cantabria, entre los Urrieles y los Picos de Europa, marcando el límite oriental el río Deva como frontera con el Principado de Asturias. Es un territorio abrupto en gran parte inexplorado por los seres humanos. Lo cierto es que además de las diversas leyendas que se cuentan por la zona, la presencia de un extraño ser en estos territorios, cuyo avistamiento se ha producido incluso en épocas no tan lejanas, está documentada desde el siglo XIX


Hay investigadores que creen que de ser ciertos los datos y los múltiples testimonios, podría tratarse de uno de los eslabones perdidos de la evolución, en todo caso este ser parece estar vinculado a la familia de los homínidos.

Estos avistamientos se producen también en determinados lugares del mundo, habiéndose creado auténticos mitos como el abominable hombre de las nieves o Yeti en zonas del Himalaya, el Yowie en Australia, o el Bigfoot en Estados Unidos…, que han sido objeto de numerosos avistamientos e incluso en algunos casos se han realizado filmaciones sin poder precisar su autenticidad o tal vez sean el resultado de algún tipo de montaje.


En este caso la historia se repite, y en este lugar perdido de Picos de Europa, entre las comarcas de Cantabria, León y Asturias, parece que deambulaba un ser de muy parecidas características a los citados.


En el libro “La Osa de Ándara” -Madrid 1875- de Joaquín Fuste y Garcés, quien dedicó muchos años para investigar este caso a finales del siglo XIX, se cita lo siguiente:


“De un último individuo de una tribu de vaqueros, hablase todavía en los pueblecitos de la región de Ándara, en los Picos de Europa; aún recuerdan los viejos la famosa mujer, a quien llamaban La Osa de Ándara”. A este ser lo describe Joaquín Fuste como semi-humano y los testigos de su presencia, lo definen de la siguiente manera:


“Sus carnes cubiertas con una capa de suciedad endurecida, sus largas uñas, encorvadas como las de las águilas, sus pies anchos y cortos, que apenas se distinguen los dedos los unos de los otros, ni en longitud ni en volumen, sus manos encallecidas, su tronco redondo por una desmesurada obesidad y lo tosco de sus miembros, la asemejaban, en efecto, a una osa. Bajo un monte de pelo crespo, enmarañado, asomaban unos labios parecidos a un hocico, unos ojuelos brillantes, una nariz chata, una frente aplastada y estrecha y unos pómulos prominentes angulosos”.

Realmente muchos de los rasgos descritos en el libro de Fuste y Garcés guardan parecido con el estudio que los paleontólogos hacen del hombre de Neandertal que coinciden igualmente con los rasgos de este tipo de seres que parecen existir en otros lugares del mundo y cuyos avistamientos son bastante actuales.


En el libro Mitología y Supersticiones de Cantabria publicado en 1924, su autor, Adriano García Lomas, tras realizar sucesivos trabajos de campo recoge la conversación que mantuvo con un vecino, ganadero y pastor, de la zona quien le confesó conocer a la “La Osa de Ándara”, y le dice: que la conoce tanto que solo hace caso de él; que este peludo ser vive en el Grajal y Macondio en verano, y en invierno habita las cavernas de la zona de la Hermida. Que se alimenta de leche, castañas, raíces y maíz, que posee un pequeño rebaño de cabras, que en alguna ocasión se alimenta de cabritos recién paridos y que él mismo la ha visto, y en el momento en que devoraba al cabrito rugía como una verdadera fiera. También le informa el lugareño que la Osa iba descendiendo de los montes de Ándara según iban creciendo las nieves y los hielos. Pero que cuando mejora el tiempo asciende a los montes desde la Hermida.

Vecinos de la Hermida y de Espinama habían oído hablar siempre de ese ser, e incluso algunos pastores lo habían visto cuando se encontraban con el ganado, y también algunos cazadores. Todos coinciden en que era una “bestia” con costumbres humanas, de más de dos metros de estatura, bípedo y según los testigos hembra. Asilvestrada, que no tenía trato con los humanos y a quien conocían en esta comarca como “La Osa de Ándara”. Algunos manifestaron que llevaba ropajes raídos a modo de jubón con un viejo refajo que portaba una especie de batea o recipiente y un cuchillo tosc:o; el rostro parecía de una anciana y tenía los cabellos largos de color negro y el cuerpo cubierto con una pelambrera similar a la de otros animales del monte.


Otros textos de principios de siglo XX citan a este extraño ser, como lo hace el Marques de Pidal, gran conocedor de esos territorios, en la obra Picos de Europa de la que es coautor.


Diferentes investigadores de rigurosa trayectoria se interesaron por la Osa. José Antonio Odriozola se entrevistó con la testigo Crescencia González e investigó la historia de este ser semi-humano, llegando a concluir que su existencia fue real e incluso la existencia posterior de sus descendientes en el pueblo de Bejes. En la actualidad ha tomado el relevo el escritor e investigador Renedo Carrandi, continuador del estudio de la Osa de Ándara y de su descendencia, en su libro Los enigmas de Cantabria.


Los escépticos encuentran justificaciones que pueden ser tan creíbles como la constatada existencia de este misterioso ser. Hay teorías amparadas en las enfermedades como el hirsutismo, que pudo alejarla de su pueblo por estar acomplejada y ser vista como una especie de “fenómeno”, aunque la descomunal estatura, en la que coinciden todos los testigos, no tenga explicación . Tampoco debemos obviar que en otros tiempos en las sociedades rurales estaba mal visto tener en la familia personas con enfermedades discapacitantes, degenerativas o con deformaciones monstruosas. En estos casos eran escondidas y literalmente encerradas en algún lugar de la casa o de la cuadra, o expulsadas a otros lugares solitarios, para evitar que se percatasen de su existencia los vecinos, ya que lo consideraban como una especie de castigo o maldición y se avergonzaban de ellos.



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