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  • Estrella Collado

La prostitución ritual



Para nuestra visión moderna y especialmente ahora que vamos dando pasos importantes en cuanto a la consecución de los derechos de las mujeres, nos puede parecer incongruente vincular el oficio más antiguo del mundo con la sacralidad.


La prostitución en las culturas antiguas se enmarca en la vida religiosa, donde la prostituta vive en el templo, tiene la dignidad de sacerdotisa y es una figura intermediaria entre la divinidad femenina y el hombre. Consagrada a la realización de actos carnales para honrar a los dioses y/o a las diosas. No obstante y por fortuna, este lenocidio ritual con fines sagrados ya no existe. En la actualidad se considera esta ocupación, como la que permite el uso del cuerpo, principalmente femenino, para disfrute sexual del hombre a cambio de dinero. Cuestión que está en pleno debate socio-político por considerar diversos colectivos y en general las sociedades civilizadas que es una actividad degradante para la mujer por la explotación sexual que conlleva en la mayoría de los casos.


La Biblia cita a Rahab, hieródula adscrita al culto de Adad, dios de la fecundidad venerado en Jericó. La prostitución sagrada era una forma de culto muy ancestral en el ámbito semítico a la cual hace referencia Heródoto en sus textos:


“La costumbre más infame que hay entre los babilonios, es la de que toda mujer natural del país se prostituya una vez en la vida con algún forastero, estando sentada en el templo de Venus. Es verdad que muchas mujeres principales, orgullosas por su opulencia, se desdeñan de mezclarse en la turba con las demás, y lo que hacen es ir en su carruaje cubierto y quedarse cerca del templo, siguiéndolas una gran comitiva de criados. Pero las otras conformándose con el uso, se sientan en el templo, adornada la cabeza de cintas y cordoncillos y al paso que las unas vienen, las otras se van. Entre las filas de las mujeres quedan abiertas de una parte a otras como calles, tiradas a cordel, por las cuales van pasando los forasteros y escogen la que les agrada. Después que una mujer se ha sentado allí, no vuelve a su casa hasta tanto que alguno le eche dinero en el regazo, y sacándola del templo satisfaga el objeto de su venida…. Continua su relato, el Padre de la Historia, explicando que al echarle el dinero debe decirle: Invoco a favor tuyo a la diosa Mylitta, que ese nombre le dan a Venus los asirios; no es lícito rehusar el dinero, sea mucho o poco, porque se le considera como una ofrenda sagrada. Ninguna mujer puede desechar al que la escoge, siendo indispensable que le siga, y después de cumplir con lo que debe a la diosa, se retira a su casa. Desde entonces no es posible conquistarlas otra vez a fuerza de dones. Las que sobresalen por su hermosura, bien presto quedan desobligadas; pero las que no son bien parecidas, suelen tardar mucho tiempo en satisfacer a la ley, y no pocas permanecen allí por espacio de tres o cuatro años. Una ley semejante está en uso en cierta parte de Chipre”.


Por el texto de Heródoto podemos conocer este ritual, en la actualidad sería impensable un acto que por muy sagrado que fuere, es tremendamente vejatorio para la mujer desde todo punto de vista. Pero entendido en el contexto histórico esto era algo más que una costumbre: era una obligación que se imponía mediante leyes dictadas por el estado.


En el templo de Bel en Babilonia, en el último piso de la torre se ubicaba un santuario en cuyo interior y según relatan cronistas de la época, había una gran cama y al lado una mesa de oro. En ella solo podía quedarse una sola mujer, hija del país, a quien entre todas la elegía el Dios, según manifestaban los caldeos -que no eran en este caso los naturales de la vieja Caldea, sino la estirpe de magos-sacerdotes a quienes la tradición denominó “caldeos”-. Estos sacerdotes aseguraban que por las noches venía el Dios a dormir a aquella cama con la mujer. Igualmente ocurría en Tebas según narraciones egipcias, una mujer dormía en el templo de Júpiter Tebano, en ambos casos aseguraban que estas mujeres no tenían comunicación con hombre alguno. Estaban para servir al Dios exclusivamente. Las mujeres de Chipre tenían la obligación de prostituirse, con extranjeros, antes de sus bodas, esta entrega debía consumarse en el templo dedicado a la diosa Astarté. El escritor Halicarnaso habla en sus textos de las tradiciones del lenocidio de las mujeres lidias muy similar a las ya citadas.


En definitiva casi todos los cultos ofrecidos a divinidades del amor, de la belleza, la tierra, o la fecundidad, conocieron esta práctica de la prostitución ritual.


Imagen de - edad de niebla -

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