• Merche Toraño

La sal. Con todos los honores

Salinas del Carmen, un museo viviente en una isla privilegiada



Operarios trabajando en la reparación de las instalaciones


Mis permanencias en el archipiélago Canario acostumbran a ser gratas y casi siempre enriquecedoras. Paisajes, paseos, familia, aire, sol, mar, gente amable y acogedora, paz, y sal, esta vez mucha sal. Sal pura, sal marina, sal manufacturada de forma artesana con sumo cuidado de preservar su pureza, sal de las Salinas del Carmen.



Hoy me ha surgido la ocasión de conocer este lugar. No había venido nunca, cosa extraña porque mis viajes a esta isla son frecuentes. Tal vez las circunstancias no me habían brindado antes la oportunidad, quizás en otras ocasiones mis estancias fueron más cortas y los días no alcanzaron a satisfacer todas mis curiosidades, no recuerdo el motivo, el caso es que, al fin, esta visita se hizo realidad y estoy muy contenta por ello. No debiéramos dejar pasar por alto ninguno de los museos accesibles a nuestras posibilidades. Son las huellas de otros tiempos, de costumbres, de esfuerzos pasados, de cosas y objetos que han estado; de diferentes formas de vida que nos invitan a recapacitar sobre lo que ha sido el día a día de nuestros antepasados, a conocer la historia, a reflexionar sobre el legado que nosotros podremos transmitir… Es muy de agradecer que haya personas que recojan esos testimonios y los cuiden y exhiban para que generaciones nuevas conozcan, a través de los objetos expuestos, el alcance de otras formas de hacer, vivir y hasta de pensar.


Merche Toraño en las Salinas del Carmen


Llego al museo avanzada la mañana, el ambiente brilla, la potente luz de ese sol insular a esta hora del día no es la más propicia para hacer fotos, pero entro con la intención de conocer la historia de estas instalaciones reformadas en el siglo XIX y, en este caso, la calidad de las imágenes, aunque importante, no puede ser mi mayor preocupación.


Estas salinas calificadas hoy como de transición por la relación de tajos antiguos con otros más modernos fueron siempre monopolio del Estado y producían desde 1793 a 1806, como se muestra en algunos documentos, 2000 fanegas de sal


La sal fue un producto muy valioso a lo largo de toda la historia y con diversas utilidades: conservación de alimentos, cocina, y hasta moneda de cambio, y como en todas las culturas , ha sido muy importante también en el desarrollo de Canarias



Con origen en el siglo XVII, Las salinas del Carmen tal como se conocen hoy datan de 1910. En esos principios del siglo XX consiguieron su época de mayor gloria cuando D. Manuel Velázquez Cabrera amplió. modernizó y empezó a explotar las entonces denominadas Salinas de la Hondurilla o de la Torre que estaban casi abandonadas,


Juan Manuel, salinero de las Salinas del Carmen


En la actualidad su explotación está orientada al propio museo y es solo en su tienda, que se encuentra a la entada, donde podemos comprar esta joya de un blanco puro y una calidad extraordinaria. Pero la sal en estado sólido, tal y como la consumimos hoy, no nace de forma espontánea, conlleva una manufacturación que si no es complicada, si necesita de un cuidadoso proceso y de alguien con amplios conocimientos sobre el material que se maneja, es el salinero. Tuve la gran suerte de encontrarme con él casi al comienzo de mi recorrido. No iba solo, Mavi y Patricia, dos alumnas del módulo superior de Turismo escuchaban atentamente las explicaciones que Juan Manuel les ofrecía con mucha sabiduría y tanta o más capacidad de comunicación. Pedí permiso para "acoplarme" al recorrido y concedido este, gocé de la gran oportunidad de conocer de forma tan didáctica todo el trabajo que hay detrás de ese cloruro sódico tan necesario para nuestro organismo y al que parecemos no dar mayor importancia que la cantidad que ponemos cuando lo añadimos a lo que cocinamos.


Mavi y Patricia, estudiantes de Turismo


Quería para este reportaje fotos de la persona que nos estaba ofreciendo una lección tan privada y cargada de erudición, pero Juan Manuel no se mostró muy dispuesto a ello al principio. Tuve que esperar a que mi capacidad para generar confianza le hiciera sentirse cómodo y, al final, no solo tuve las ansiadas imágenes sino que pude saber que lleva muchos años viviendo en esta isla, que su mujer es como yo asturiana, de Gijón, y que juntos visitan con frecuencia el Principado.



El trabajo del salinero al aire libre no es duro en este museo, pero es fundamental que se ejerza con pasión y cariño, y eso lo tiene muy asumido Juan Manuel que sabe perfectamente que su misión es una producción de máxima calidad. La temporada de "cosecha" es de abril a octubre, según este hombre que conoce todo sobre su profesión, para evitar la época de lluvias, a lo que añado: "será la época de cuatro gotas, porque en esta isla el agua caída del cielo... es muy pero que muy escasa". Aunque también es cierto que hace falta muy poco líquido para disolver la sal.


Las Salinas del Carmen, con una superficie de 26.100 metros cuadrados, diez cocederos, que son los depósitos que se rellenan con agua del océano, casi mil tajos o cubetas donde se obtiene la sal mediante la evaporación del agua, se encuentran a orillas del océano en el término municipal de Antigua en el corazón de Fuerteventura. Son las únicas que funcionan en la isla


El museo ofrece a sus visitantes dos itinerarios muy interesantes uno interior, pisando habitaciones de la vivienda, ahora casa museo, del que fuera el regenerador de estas salinas. En la entrada del edificio, recepción y antesala de lo que vamos a presenciar cuando nos adentremos en sus estancias, tendremos la oportunidad de adquirir este producto, envasado exclusivamente para su venta aquí, además de otros artículos delicattesen canarios. En este recorrido podremos detenernos a leer información escrita o ver proyecciones de audiovisuales en los que se narra la historia de las instalaciones salineras y de su promotor a principios del XIX, D, Manuel Velázquez Cabrera.



La caminata por el exterior es, de forma opcional, con o sin guía, y durante el tránsito se alcanza a conocer el procedimiento tradicional mediante el cual se extrae y se manipula el producto hasta quedar listo para el consumo. En este paseo todavía se pueden apreciar vestigios del embarcadero, conocido como El Muellito a donde, en otras épocas, y transportada en vagonetas, llegaba la sal desde el almacén para su embarque.



Me pude enterar de que en el proceso de cristalización desde que el agua marina llega al cocedero lista para evaporarse hasta dejar en la superficie una fina capa ya sólida, el salinero, con sumo cuidado, la remueve dos veces al día para que se vaya depositando en el fondo. Y ya es, cuando casi toda el agua se evapora que se extrae esta y se deja escurrir, amontonada en el borde de los tajos para más tarde recogerla y almacenarla.

Almacén


Entre las páginas de mi bloc de notas conservo como un pequeño tesoro, que espero se mantengan siempre -ya que este compuesto de cloro y sodio no caduca-, tres pequeñas muestras de otras tantas variedades o escalas que me fue ofreciendo Juan Manuel mientras nos hacía comprobar la textura y nos informaba sobre sus distintas características y usos más adecuados:


La flor, que cristaliza y se recoge en la superficie, es la mejor sal, la más suave y se deshace frotándola entre los dedos. Conlleva un periodo de cristalización de diez a quince días y es muy adecuada para ensaladas y platos crudos; La escama, que cristaliza veinte días bajo el agua y se recoge a un centímetro del fondo Es la más versátil, adecuada para cualquier guiso; y la gruesa, más de veinte días de cristalización, y ya en el fondo, es muy indicada para potenciar el sabor de pescados y carnes preparados al horno.



La calidad de esta sal se consigue dejando que sean el mar y el viento los que empujen la espuma del agua hasta los tajos y cocederos, sin bombeo ni otra ayuda mecánica, propiciando que la misma fuerza de la naturaleza facilite la materia prima más idónea, muy rica en oligoelementos ,para que más tarde, con la mano del hombre como punto final, se llegue a la perfección de este preciado producto.


En Las Salinas del Carmen uno llega a sentirse de alguna manera parte de un museo que tiene vida. Es una visita muy recomendable, no solo como opción lúdica sino por su valor etnográfico, cultural y, al haber configurado la fisonomía de la zona, también paisajístico.

Imágenes de - edad de niebla -


































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