• Edad de Niebla

La venus que pare ideas

Una historia de superación personal contada por su protagonista


Hoy, Carmen López Blázquez, maestra recién jubilada, nos cuenta su historia de superación personal.


Corrían los años cincuenta cuando nací, exactamente el 12 de febrero de 1955, en una España decadente y gris de postguerra. Yo era una niña avispada me encantaba el dibujo, la lectura y el aprendizaje en general, pero me ví obligada a abandonar la escuela con 14 años. En mi pueblo las familias humildes no se podían permitir la formación académica de sus hijos. En el caso de la mía tenían siete bocas que alimentar, con el sueldo de mi padre, que era albañil, y con lo que aportaban mis dos hermanos mayores cuando tenían trabajo de temporeros. Yo era la tercera, -como todas las niñas ya nacíamos encasilladas en el “rol” para ser amas de casa, casarnos y parir- y ayudaba a mi madre a cuidar de mis hermanos pequeños y a realizar las tareas del hogar.


Al cumplir 17 años mis padres me presentaron a un vecino quince años mayor que yo que había venido de Suiza y se había instalado en Madrid, donde tenía negocios de restauración. Ellos vieron la oportunidad de “colocarme” con un “buen partido”, como se decía entonces, ¡que rabia… todo se desarrollaba bajo el inmenso paraguas de la sociedad paternalista que promulgaba el franquismo. Cuando Pedro me pidió matrimonio no fui nada feliz pero, si he de ser sincera, supuso para mi una gran liberación.


De pronto la vida dio un giro radical, me encontré viviendo en una gran ciudad, con una casa moderna y con los hermosos detalles de mi marido que me trataba como a una reina. En fin, una vida confortable que cualquier chiquilla, de mi Andalucía del alma, envidiaría. Pronto nacieron mis tres hijos varones. Y aunque lo tenía todo, había un gran vacío en mi pobre existencia.


Pedro comenzó a tener problemas con las pizzerías, su socio le había estado robando y casi nos arruina. Desde entonces se refugió en la bebida y en el juego, frecuentando la noche y las máquinas tragaperras. No había ningún tipo de comunicación entre nosotros. Nos asqueábamos en silencio. Discutíamos mucho, le reprochaba muy a menudo sus excesos, sobre todo cuando no teníamos ni para comer, ni para pagar los libros de texto de los chicos.


Quería huir de aquella vida que no me aportaba más que disgustos y pobreza personal.

Pasé mucho tiempo engañándome. Me evadía de mi situación pensando que tal vez una quiniela millonaria resolvería todos los problemas. Cuando mis hijos pasaron al instituto descubrí lo superficial que era. Me pasaba la mañana callejeando en busca de algún trabajo. A modo de evasión trataba de centrarme en rememorar la adolescencia, pero descubrí con tristeza que no tenía ni siquiera recuerdos.


Me preguntaba: ¿Quién soy? ¿Qué ha pasado con mi vida? No hallaba una respuesta. No me encontraba ni con valor, ni con ánimo suficiente para empezar de nuevo. Me sentía como una insignificante mosca, presa en una tela de araña que me había tejido el destino, a punto de quedar momificada para siempre. Esa mísera rutina me enloquecía… Y es que los seres humanos nos tapamos los ojos y no queremos ver la turbulenta huida de nuestro tiempo.


Un día en esos vagabundeos mañaneros pasé delante de una galería, a pesar de que siempre tuve inquietudes por la cultura, nunca había entrado en ninguna sala de arte ni en ningún museo. Retrocedí, pues algo me atraía con fuerza. Con cierto temor a hacer el ridículo, entré en la sala repleta de público. A medida que iba observando aquellos grabados me sentí como si hubiese estado siempre en contacto con ese mundo. Fui directa al cuadro que presidía la sala, un grabado de aspecto monstruoso, cuyo tema central giraba entorno a una imagen de mujer oronda en cuyo útero portaba un libro abierto y una inscripción le daba título: “La Venus que pare ideas”. Percibí una sensación mágica y trascendente que comenzó a actuar en mi interior.


Llegué a casa y a diferencia de otros días en que me encontraba moralmente derrotada, percibí una impronta extraña, mezcla de satisfacción y desazón. Un bienestar raro que nunca antes había experimentado. La fluidez con la que se agolpaban las ideas en mi mente y la facilidad para canalizarlas y ordenarlas, me sorprendió e incluso me asustó. Me parecía haber llegado a un lugar de mi misma desconocido y maravilloso. Alegre como nunca encendí la radio mientras preparaba la comida…estaban entrevistando a una mujer que hablaba de estados de ánimo, de roles de género, de cosas profundas y muy interesantes para mi:

“El pensamiento en estado puro debe ser común para el hombre y para la mujer, pero también creo que el paso por nuestro soporte, que es el cuerpo, y por nuestro cerebro, nos condiciona. La propia experiencia, la propia educación es un filtro. Una mujer tiene la experiencia de la maternidad y una serie de vivencias que el hombre no tiene. El pensamiento sufre una transformación al pasar por ese filtro de la mujer o del hombre antes de expresarse…”


Casualidades o causalidades de la vida, pero la entrevistada era la autora del grabado que tanto me había impactado. Sus palabras me hicieron reflexionar mucho a cerca de mi misma y de mi entorno. Descubrí que las inseguridades y las carencias intelectuales eran el centro neurálgico de mi infelicidad, así como de todos mis problemas. En ese instante entendí claramente lo que siempre había intuido: Me había estado revelando siempre contra la situación de desigualdad de la mujer…pero no empecé nunca por mi misma. Siempre he culpado a alguien o a algo de mis desdichas, de mi frustración personal. Y en ese momento descubrí que estaba “viva”. Comencé a ser yo misma.


Me matriculé en el Instituto donde iban mis hijos, y casi acabamos a la vez el pequeño y yo. Después estudié Magisterio en la Universidad. Me separe de mi marido y quedamos como dos grandes amigos. Nuestras vidas fueron mucho mejor desde entonces. Aprobé las oposiciones y comencé a dar clases en un colegio público de las Rozas. Me he jubilado recientemente, tengo 6 nietos maravillosos a los que adoro. Mi ex marido murió hace 7 años, sentí que a pesar de todo se había ido con él un trocito de mi alma. Jamás tuve una relación seria con ningún otro hombre. Aunque he de reconocer que tuve varios affaires.


Tras mi experiencia he recalcado siempre a mis alumnas y a todas las mujeres, la importancia de la formación intelectual, del acceso a la cultura, a los estudios, y al trabajo para conseguir nuestra independencia e ir conquistando los derechos que nos lleven hacia una sociedad igualitaria. A mis hijos los eduqué para la igualdad, de manera que esta se convierta en un logro y no en una lucha. Y estoy muy orgullosa de ellos y sobre todo estoy muy orgullosa de mí.

Imagen de - edad de niebla -

84 visualizaciones0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo