• Merche Toraño

Lo padecen muchas mujeres

Micromachismos. Qué son



Os lo pregunto a mujeres y a hombres.


¿Acaso no reconoce alguien el gesto de un hombre sentado en el sofá viendo la televisión y pidiéndole a la mujer que le traiga una cerveza o cualquier otra cosa? Tampoco nadie Ha presenciado la situación de un marido o pareja que, delante de todos, en una conversación de grupo, le dice a su mujer que lo que está contando no es así y termina él el relato, dejándola callada? ¿No habéis conocido alguna pareja en la que el varón espera la cena “puesta” cuando llega a casa después de haber estado en el bar con los amigos? ¿o sencillamente está en casa y se sienta a la mesa a esperar que le sirvan? Seguro que sí, porque estas, y otras por el estilo, fueron desde tiempos escenas cotidianas en la mayoría de hogares de diferentes países.


Podemos retrotraernos a unas épocas en que, por lo general, las mujeres no trabajaban fuera del hogar y hasta podríamos llegar a pensar que se pactaban los roles dentro de la pareja, pero no era ni es cuestión de pactos sino de una especie de acuerdo tácito en el que cada uno asumía el papel que le correspondía como herencia de un modelo de educación machista en el que la mujer siempre fue considerada inferior al hombre. Hoy en día, y mayoritariamente, nosotras también colaboramos a las necesidades económicas de la casa con nuestro trabajo fuera del hogar, sin embargo todavía existen ese tipo de comportamientos en los que se sigue esperando de las mujeres la función de servicio al hombre. Tal vez las fórmulas de dominio se manifiesten de una manera más silenciosa y menos evidentes que hace algunos años, pero no por ello se puede decir que han dejado de existir.


Las actitudes más difíciles de ver son las que se presentan de forma sutil. Y para que algo sea visible es necesario que haya signos que lo hagan perceptible y que el observador disponga de los mecanismos necesarios para percibirlo. La violencia especialmente contra la mujer, se esconde muchas veces detrás de rasgos o gestos que reproducen estructuras de dominación que, por cotidianos, pasan desapercibidos. Y respecto a esto, habla Bonino de una masculinidad sutilmente sustentada por los micromachismos con los que se practican estrategias de dominación, y define estos como:


“...un repertorio de comportamientos de dominio masculino que se reconocen al nombrarlos pero que habitualmente, aunque se sienten sus efectos, suelen ser difíciles de ver claramente y cuya efectividad resulta en gran parte de su carácter casi imperceptible para quien no está entrenado en su detección”.


Según se desprende de los estudios de este psicólogo, son comportamientos casi desapercibidos para quien no sepa verlos, y que a base de vivirlos se ven como normales, pero ¡ojo!, porque representan los trucos más habituales para ejercer ese sutil poder en que, sin darnos cuenta, seguimos cayendo las mujeres y les afianzan a ellos en su permanencia en el rol dominador. Consisten en cotidianos ejercicios pro-sumisión eso sí, de baja intensidad, y aceptados socialmente. Son comportamientos reiterativos que muchos varones utilizan como costumbre y que al igual que el machismo puro y duro, parten de la rutina masculina, basada en el modelo tradicional arraigado en el convencimiento de la superioridad de los hombres y la tradición de ver a la mujer como un ser nacido para servirlos y complacerlos.


Aunque hay cuatro grupos o categorías de micromachismos todos tienen una característica común, y es que se rigen por la lógica machista del doble rasero o la "ley del embudo": lo ancho para mí y para ti lo estrecho. Se presentan como pequeños y habituales ejercicios de dominio y, aunque no los practiquen todos, la mayoría de los hombres utilizan algunos que siempre van a ser los que más se adapten a sus circunstancias.


Independientemente de los malos tratos físicos o de las persecuciones psicológicas evidentes, existe este otro tipo de agresiones que se manifiestan en forma de violación de ese compartimento estanco y personal al que todos tenemos derecho como seres libres, individuales y dueños de nuestra propia vida. La grave responsabilidad que recae sobre las personas que permiten que alguien controle su espacio más privado, es el hecho de consentir que se destruya su personalidad con la consecuencia de convertirse en alguien débil y sin criterio.


Es precisamente el motivo de verlos como algo natural por lo que los micromachismos apenas son percibidos. Y no es que se practiquen ni de forma consciente ni con mala voluntad, son simplemente vicios de comportamiento hacia las mujeres, que se realizan automáticamente y que vienen y permanecen en la costumbre; como aprovecharse de la capacidad de servicio de ellas y/o su encasillamiento, asignado tradicionalmente, de cuidadoras, falta de implicación en las tareas de la casa, situaciones de escaqueo cuando ella necesitaría ayuda, gestos o expresiones que reproducen un papel de superioridad o faltas de respeto, por ejemplo, mandarlas callar o interrumpir sin dejarlas terminar cuando ellas está explicando algo; requerimientos a través de gestos o pedidos, delegar en la mujer cargas que como pareja que convive corresponderían a los dos, lograr que la mujer se acomode a sus deseos, incluso recurriendo al enfado visible, delegar responsabilidad por los errores propios, ya sabéis, aquello de... “la culpa fue tuya”, imposición de la intimidad o el sexo, etc. Uno de los micromachismos muy utilizados catalogado en el grupo de los coercitivos es el de que el varón usa la fuerza moral, física, económica o de la personalidad de un modo directo,


Dada su casi invisibilidad los micromachismos van produciendo un daños silenciosos y continuados en el tiempo. Al arremeter de forma casi imperceptible, este tipo de maltrato favorece una relación desigual y genera en las mujeres una paulatina despersonalización y una importante pérdida de autoestima y aumento de inseguridad que propician el sometimiento al varón y la pérdida de ilusiones y ganas de vivir. al sentirse inútil y culpable de todo lo malo que ocurre en su entorno marital, además de malestares psicológicos que al ser somatizados pueden desembocar en enfermedades físicas.


Para que se produzca un cambio en estas actitudes, es importante que los hombres descifren los mecanismos y los supuestos que hacen que sientan cuestionada su masculinidad, simplemente por ser poco “servidos” por las mujeres, y que ellas sepan ver lo que se esconde detrás de una frase, un gesto o una actitud alienante en su contra y aprendan a negarse a caer en las trampas que sutil y persistentemente se les tienden. Solo así podrán recuperar su autonomía. Y que ambos, hombres y mujeres, reflexionen acerca de su papel igualitario en la sociedad. Pero es posible que no puedan llegar solos al remedio ni ellos ni ellas. La solución tal vez conllevaría una campaña seria y de concienciación desde los agentes sociales y especialistas en el comportamiento humano. Esto supondría, al fin y al cabo, una labor de reeducación para los mayores y de educación para los más jóvenes: instaurar un plan educativo interesado en un cambio real. Esto sería una labor larga en el tiempo para llegar a efectos positivos, y de la que solo se beneficiarían las generaciones venideras.


Pero al fin y al cabo, como seres humanos ¿no tenemos la responsabilidad de dejar un mundo mejor a los que viene detrás?




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