• Edad de Niebla

Los Estados Unidos de América y sus ciudadanos.



Los Estados Unidos de América son un gran país -grande en todos los aspectos- que nos asombra y desconcierta a la vez, a causa de sus contradicciones y singularidades.


Por ejemplo: Multitudes de científicos, profesionales, artistas, literatos, gentes de la ciencia, del deporte y de la cultura pueblan sus centros de investigación, sus universidades, sus hospitales, sus estadios, a la vanguardia del pensamiento y de la técnica del hombre. Y al mismo tiempo, millones de americanos medios siguen creyendo que la tierra es plana y que Dios creó el mundo en siete días. Y, aparte de la geografía y de la historia de su patria, la mayoría de los ciudadanos son unos completos ignorantes de esos mismos temas referidos al resto del mundo.


Otro ejemplo: Los Padres Fundadores promulgaron en los últimos años del siglo XVIII una Constitución que es un canto a la democracia y a la libertad de los hombres y un prodigio de equilibrio entre los poderes del Estado, adelantándose a las ideas y a las leyes de la Revolución Francesa. Y al amparo de esa Constitución -y sus retoques posteriores- que ellos veneran tanto como la Biblia, se favorece una despiadada lucha por el poder y la riqueza, se promueven las desigualdades sociales y se justifica el retroceso hacia principios éticos altamente conservadores, ya superados en el resto del mundo.

Y de igual forma, amantes de la paz, defienden el derecho de que los ciudadanos puedan ir armados hasta los dientes, lo que convierte al país en uno de los más violentos del planeta. Amantes de la igualdad, mantienen a las minorías negras e hispanas en altos niveles de pobreza y discriminación. Amantes de la libertad, coartan la de muchas naciones a las que dominan económicamente y a menudo, militarmente.


Voy ahora a sazonar mis ideas sobre los norteamericanos con algunas pequeñas anécdotas de carácter personal. Y curiosamente, a nivel individual, la mayoría de los americanos son gente cordial, crédula y solidaria.


Cuando yo tenía unos veinticinco años publicaron una carta mía en la revista americana de Ciencia Ficción Amazing Stories. Era una carta anodina, en la que me limitaba a felicitarlos por sus textos y de manera especial porque dicha revista pudiera leerse en nuestra aislada y cavernaria España de los años 50.


Como al final del mensaje publicado la redacción de la revista había añadido mi dirección, empecé a recibir paquetes de revistas atrasadas y cartas de fans de la Ciencia Ficción y de curiosos por conocer cosas sobre nuestro lejano, pequeño y pintoresco país. Junté un buen puñado de cartas, creo que contesté a todas con mi trabajado y deficiente inglés de la época y con algunos de los remitentes llegué a mantener una amplia correspondencia amistosa. Recordaré a unos pocos de todos ellos.


Floyd era un obrero especializado en Rockford, cerca de Detroit, la por entonces capital mundial del automóvil. Hombre maduro, sensato, con sólidas ideas conservadoras, me enviaba largas misivas a máquina detallándome aspectos de la vida social y económica en su estado (Illinois), con minuciosidad de funcionario público. Si por ejemplo trataba de salarios, me contaba las escalas de remuneración en diferentes actividades de trabajo, si de pensiones, copiaba (supongo) párrafos del reglamento para el personal jubilado, retired, de su empresa. Y todo en ese estilo.


En cambio, Jack Compton, de Campbell, California, era un joven alocado y jovial que escribía a mano y procuraba hacerlo en un español prácticamente irreconocible (Jack, please, escribe en inglés, no te molestes en demostrarme tus vastos -y bastos- conocimientos en mi lengua). A Jack le gustaba el flamenco, la guitarra de Sabicas y tocar las castanetas.


Conocí a una señora encantadora y muy mayor (ay, olvidé su nombre) de Seattle, Washington, apasionada por la Ciencia Ficción, tan animosa y optimista que había pagado sus cinco dólares (o diez, no recuerdo) de reserva de plaza para visitar la luna en plan turístico. Viaje inminente (en 1955), decía la compañía, estafando alegre y científicamente a cientos o miles de incautos.


Tom era un sargento destacado en una base americana en Alemania y se entretenía haciendo rodar y crecer una carta interminable entre un grupo de amigos. El que recibía la carta añadía un párrafo de su cosecha y la enviaba al siguiente de la lista. Yo lo hice así y cuando el combo dio la vuelta y regresó a mi poder aquello se había convertido en una historia variopinta e interminable. Lo reexpedí sin añadir nada más, así que no sé si aquello rompió la cadena.


Por último, Harvey Dickey, mi más duradero amigo norteamericano, a quien llegué a ver personalmente en un viaje que hizo a España, con su esposa Penny.- Harvey era el prototipo perfecto del americano aventurero, luchador y hecho a sí mismo. En su juventud había viajado mucho y trabajado en multitud de oficios. Fue incluso buscador de oro y en una de sus cartas me envió una pequeña pepita aurífera. En la edad madura se estableció en Grants Pass, Oregon, donde trabajaba como periodista local y fotógrafo. Recibí fotos muy curiosas de las fiestas de su pueblo, con la gente disfrazada de hombres y mujeres de las cavernas. En tanto que Penny, la esposa, después de comprar un pequeño piano electrónico y recibir una docena de clases sobre su manejo, montó su propia academia para enseñar lo que acababa de aprender y al cabo de dos o tres meses había recuperado la inversión realizada.


Nostálgico y emocionado recuerdo para todos mis antiguos amigos y, naturalmente, para la persona que era yo mismo en aquellos años, tan distinta y tan semejante a la que soy ahora.


Miguel Garrido. Colaboraci


Imagen - edad de niebla -



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