• Merche Toraño

Los mayores no queremos ser ni invisibles ni desechables



El declive, aunque no puede negarse como realidad, no es igual para todos por lo que resulta injusta la fórmula convencional o el modelo político y social de “a partir de una edad, el mismo trato”.


Está extendida la idea de que los mayores no podemos acceder a determinadas acciones, pero el aumento de la calidad y la esperanza de vida ayudan a que las personas de más de sesenta y cinco años mantengan las facultades mentales y sientan motivación para seguir activos lúdica o profesionalmente. Las actividades, tanto intelectuales como productivas, que las personas realizamos en nuestro día a día repercuten en nuestro posterior estado de ánimo y están estudiados los beneficios que aportan para nuestra capacidad de cognición el no interrumpirlas .


Las generaciones de 65 años en adelante procedemos de un entorno en el que a una mayoría, se nos inculcaban unos valores, no solo sobre derechos sino también de obligaciones, por lo que estamos concienciados a cumplir con las responsabilidades que se exijan como necesarias, tengamos la edad que tengamos.


Ante el envejecimiento poblacional progresivo y desde el entendimiento de que la edad psicológica no tiene por qué responder siempre a la misma que la biológica, es necesario generar espacios que tengan como objetivo la inclusión de las personas mayores que estén capacitadas, deseen continuar activas, y que no quieran reducir su continuidad profesional a la edad oficial de la jubilación.


La evidencia demuestra que los mayores representan un sector de población con un interesante potencial de experiencia, que se están adaptando a las nuevas tecnologías, que son capaces de saber desenvolverse en este medio y que pueden ser muy participativos. En una sociedad dinámica y en evolución como la actual, no estaría de más que se tuvieran en cuenta las necesidades de un colectivo de la población adulta que todavía puede participar con plenitud en la vida cultural, social y profesional y formar parte de lo que Etienne Wenger llamó la “comunidad práctica”. Para ello habría que ir eliminando las barreras tácitas y tendiendo a una organización social más flexible y dinámica que se adaptara a todas las nuevas necesidades. Sería de justicia que al dirigirse a los mayores se hiciera con bloques de propuestas variadas en las que se pudieran elegir entre actividades lúdicas, intelectuales o de continuidad profesional, en lugar de tratarlos como a seres decrépitos a los que ya solo les queda “jugar” para poder continuar viviendo, y que, teniendo en cuenta la capacitación de estos adultos, se ofrezcan dichas propuestas como alternativa de motivación que los invite a compartir su experiencia con las nuevas generaciones, y hasta a involucrarse en nuevos retos ¡por qué no! que exijan continuidad del conocimiento . Sería de desear que en el mundo tecnológicamente avanzado de los países desarrollados, en determinados sectores de población, no existieran limitaciones que exigieran a los ciudadanos mayores de 65 años el cese profesional y cultural y que, estando en posesión de sus capacidades físicas y especialmente cognitivas, pudieran encontrar todas las opciones que fueran para ellos apetecibles sin que tuvieran que sentir frustración y melancolía al percibir que esas generaciones posteriores con las que coexisten, y por las que dieron toda su vida, los destierra a un micro mundo de exclusión en el que no se les tiene en cuenta a la hora de planificar actividades relacionadas con los nuevos modelos de sociedades que van surgiendo, simplemente porque han tenido la suerte de cumplir muchos años.


No vamos a caer en la ensoñación de que las condiciones físicas de una persona de 65 o más son las mismas que cuando tenia treinta. Con el paso de los años es normal que, en unos menos que en otros, se mermen determinadas cualidades fisiológicas pero eso no puede impedir que se reciban estímulos positivos propios de la curiosidad y del deseo de continuar siendo útil y de compartir experiencia y conocimientos con generaciones nuevas. Y las personas mayores deberíamos exigir de alguna forma que de acuerdo con nuestras capacidades físicas, psíquicas y cognitivas, se nos facilitase y permitiese, a quienes así lo deseen, tener una vida activa que nos haga sentirnos integrados en la sociedad, no solo en el campo de los recursos lúdicos sino también en el de la cultura y en la continuidad de la profesión, porque es muy injusto y me atrevo a decir inhumano coartar la interrelación entre grupos de distintas generaciones, castigar a un colectivo social tan numeroso como el de mayores al "gueto de lo desechable" y condenar al ostracismo, si no es por voluntad propia e individual, la sabiduría y experiencia de algunas personas que lo han dado todo en su profesión y que tienen todavía capacidad para seguir aportando.


Los mayores no queremos, ni tenemos, por que ser ni invisibles ni desechables


Imagen de -edad de niebla -










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