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  • Estrella Collado

Mi querido marciano



Una vez me regalaron una ventana abierta al País de la Fantasía, no comprendí entonces tan extraño presente. Sin embargo, ahora cada vez que me asomo veo con cierta ternura a una niña rubia con trenzas, ojos verdes pequeños y chispeantes, que mantiene animada charla con un extraterrestre.


“En la vida hay algo peor que el fracaso: no haber intentado nada”

-Franklin D. Roosevelt-


En la bodega de la casa de mis abuelos -nuestro punto de encuentro-, sentada en un tronco, rodeada de leños, de botellas de sidra bien alineadas en filas de cincuenta arrimadas a la pared, pegada a un yacente y oxidado manillar de bicicleta, mantenía largas charlas con mi amigo imaginario. En aquel lugar umbrío me refugiaba y me sentía feliz. Su olor especial me trasladaba a mundos mágicos: se entremezclaban aromas a humedad, a madera, manzana y a bosques ancestrales poblados de enigmas arcaicos, de Trasgos y de Xanas.


Ya habían transcurrido unos tres años desde que regresáramos de Venezuela. Pensaba en mi padre, que se había quedado allí, casi siempre. Añoraba sus caricias, sus abrazos y sus cuentos de buenas noches, arropándome y velando por la felicidad de mis sueños. No entendía porqué no disfrutaba de él como el resto de mis amigos y amigas. Por muchas explicaciones que trataran de darme no lograba aceptar nuestra drástica separación. La crueldad infantil es tan hiriente, que alguna vez regresaba a casa llorando a mares, por que me decían: “tu no tienes padre”…!que cuentos cuentas, si tu no tienes padre!


El olfato es una especie de túnel del tiempo, un canal que nos permite viajar al pasado y que nos conduce también al País de Fantasía. Recuerdo aquellos tres veranos vacíos de padre, con olor a mar, a hierba fresca, a sidra recién escanciada en el bar de las romerías a donde mi abuelo me llevaba. Ahí disfrutaba mucho, visitamos todos los tenderetes y me compraba cámaras de fotos que disparaban una especie de gusano con cara de payaso, gafas de sol con montura de plástico naranja y cristales verdes, pipas, muñequitos, y una larga lista de todo cuanto se me antojaba.


De vuelta a la casa y cada vez que quería aislarme del mundo y de mi misma, bajaba a la bodega. En ese lugar misterioso y mágico comenzaron los encuentros con mi amigo imaginario “Antigudy-Gudy”. Un extraterrestre procedente de Marte, con quien compartía todos mis secretos, mis alegrías, mis dolores del alma y todas las incertidumbres que acechaban mi cortísima vida. Descubrí en él un potencial tremendo para la “dominación”. Sobre todo cuando mi hermano Felipe o algunos amigotes suyos planteaban amargarme el día con sus bastos juegos o con sus bromas pesadas. Entonces solo tenía que invocarle. Y se marchaban muertos de miedo. También era muy eficaz cuando mis compañeros y compañeras de juegos querían irse y a mi se me antojaba que quedasen por más tiempo, para lograrlo me dirigía a la puerta de la bodega y, con gesto imperativo, pronunciaba su nombre… mis pobres amigos no se atrevían a bajar la escalera volviéndose, como almas que lleva el diablo, hacia la habitación de juegos. Y conseguía tenerlos conmigo hasta que literalmente “me daba la real gana”. Mi amigo marciano Antigudy-Gudy era un chollo. Solo con mencionar su nombre y hacer el intento de abrir la puerta, conseguía todos mis “inocentes” propósitos. Era mi pequeña venganza por decirme que yo no tenía padre... tal vez por eso convertí su ausencia en un ser poderoso que me protegía.


Sueños con aromas verdes, ruidos extraños e indefinibles, música de agua en el alma. Evocadoras inquietudes infantiles de quien espera ansiosa ser mayor para comerse el mundo. Por fin llegó mi padre, y fui la niña más dichosa de todo el planeta. Presumía en la escuela cuando me iba a recoger y miraba a todos, los que habían negado su existencia hasta la saciedad, por encima del hombro y, para ser honesta, también les sacaba la lengua a la vez que hacia muecas de esas de "chincha y rabia" .


En el transcurso de la infancia a la adolescencia me di cuenta que algo estaba cambiando en mi, mudaba mi cuerpo y también mi interior. Un buen día Atigudy-Gudy se marchó en su nave espacial para siempre y ni siquiera pude despedirme. Me olvidé de la escuela rural, de jugar a la comba, a las muñecas y también de mirar todas las noches con la abuela al “hombrecito” que habita en la luna.


Tenía 11 años y comencé mis estudios de bachiller en el Instituto de Llanes. Un cambio abismal para una niña pequeña procedente de un entorno tan protector: nueva etapa, nuevos amigos y nueva vida. El tiempo sin apenas darme cuenta iba pasando curso a curso. Entonces llegaban con las lluvias otoñales los complejos de adolescencia, la preocupación por elegir la ropa adecuada para ponerme cada mañana, estirar el pelo con “la toga”, las disculpas los sábados por la tarde para escaparnos a algún “guateque”, aunque solo fuese un momento, los cigarros que fumábamos a hurtadillas para sentirnos más mayores, los tragos de agua al llegar a casa para disimular el aliento apestoso a tabaco… Estos eran los grandes desasosiegos que protagonizaban mi existencia. Así que mis ocupaciones para quedar bien con todo el mundo me impedían estudiar y concentrarme en mi misma. Este fue el inicio de una larga lista de frustraciones.


La música de Gwendal, The Rolling Stones…la canción protesta que comenzaba a descubrir por entonces, eran mi gran pasión. Algún tímido beso con sabor a chicle de fresa…jugábamos a ser los dueños del mundo. Comenzaba una etapa de búsqueda interior, de muchas preguntas cuyas respuestas, a menudo, no eran nada convincentes. Lecturas prohibidas, inquietudes sociales y políticas. Enfrentamientos con mi madre un día si y otro también, una especie de declaración de rebeldía hacia la sociedad que aún olía a un franquismo represivo y obsoleto y en especial a la sociedad rural que todo lo veía mal y todo cuanto transgredía sus trasnochadas normas era objeto de crueles críticas. La lucha por las libertades y muy en especial por la libertad de la mujer era una de las más importantes razones de mi existencia.


Rebelde, supongo que como casi todos los adolescentes, ilusa y soñadora, pensé y creí que mi generación podríamos ser capaces de cambiar el mundo. Y nuevamente fracasé.



Imagen de - edad de niebla -






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