• Estrella Collado

Mitos y ritos de la vida agrícola


El solsticio de verano



En la antigüedad las diosas del sexo y de la fertilidad estaban íntimamente vinculadas entre sí, con el mundo agrario y con el solsticio de verano.


La vinculación entre agricultura y religión surge por la necesidad. Los ciclos de cultivo o la fertilidad de la tierra eran acontecimientos que las gentes en la antigüedad relacionaban con fuerzas mágicas, pues les parecían procesos inexplicables.


Por estas fechas del solsticio de verano, entre el 21 y 23 de junio son las noches mas cortas del año, se celebraban diferentes cultos y rituales en torno a este fenómeno. Los primeros agricultores, los hombres del neolítico, aprendieron a interpretar el cielo y con ello cambiaron el panorama religioso de la prehistoria, y deseaban ante todo que lo que habían sembrado fructificase para la supervivencia de los suyos. Por tanto para ellos tierra, sol, lluvia y frutos era lo más importante.


Surge la veneración a la Diosa Tierra, común en diferentes puntos del planeta, cuyo origen parece encontrarse en la cuenca del Danubio en el sudeste de Europa donde existía un culto muy arraigado a la diosa de la fecundidad, la Magna Mater. Este mismo culto se venía llevando a cabo desde épocas glaciares unido al de la diosa oriental de la Tierra. En toda la cuenca del Mediterráneo se extendió el culto a la Gran Madre; bajo diversos nombres, personificaba siempre a la Tierra como representación suprema del órgano genital femenino. En hierogamia la Tierra fue desposada con Urano, representando el cielo y ambos se convirtieron en padres supremos del Universo material. Prueba de este culto a la Gran Diosa son las “Venus” de Willendort -Austria- y Laussel –Francia-, consideradas unos de los restos arqueológicos más importantes del Paleolítico. Son esculturas antropomórficas que representan mujeres voluptuosas. También los idolillos neolíticos y del Bronce hallados en yacimientos de Asia Anterior, lo que es interpretado por algunos historiadores como evidencia de la existencia de cultos e ideologías vinculadas con la fertilidad y con el matriarcado.


Los cultos a divinidades femeninas fueron sincrónicos con el avance de la agricultura, como elemento que revolucionará la cultura y que creará la vida sedentaria implicando a la mujer de manera más activa en la vida de la comunidad. Seguramente con los ritos surgidos alrededor de los cultivos agrarios se generalizó el culto al fuego, que debería mantenerse día y noche en el hogar, tarea y responsabilidad que recaía en la mujer. Se abandonaron las actividades cinegéticas en grupo por otras formas de vida más estacionarias como la cria de ganado y las labores anuales de tierra. Al principio las cosechas se reservaban a la mujer y esta vinculación con los trabajos de la tierra dará origen a cultos tradicionalmente femeninos. En el imaginario popular las diosas estaban por encima de los dioses en cuanto a los dones relacionados con la fecundidad de la mujer y la fertilidad de la tierra.


En el mundo antiguo, en el ámbito cretense y griego, Démeter es la máxima representación divina de la fecundidad terrestre y por tanto de la agricultura. Para algunos estudiosos el origen de su nombre proviene del término cretense deai (cebada) y Meter (madre), es decir, Tierra Madre. Esta divinidad concentró el máximo fervor de los griegos. Posteriormente los romanos la denominaran Ceres. La iconografía de la diosa es variada y va desde esculturas arcaicas hasta la estatuaria de la época clásica. Las flores no forman parte de su representación y culto, dado que Plutón se ocultó entre ellas para secuestrar a su hija. Sin embargo si se la ha representado en alguna ocasión con otros atributos como una guirnalda de adormidera, planta que Zeus le dio a comer para que olvidara el rapto de su hija Perséfone. Así mismo es representada con grandes pechos como símbolo de fecundidad, con una antorcha o con espigas de trigo.


Para algunos historiadores Démeter-Ceres no es más que una variante de Cibeles o de Isis, y en sus ritos de culto aseveran algunos investigadores que se celebraban ceremonias eróticas. Ya en su obra, Metamorfosis, Apuleyo identificaba a Isis con muchas de las diosas sexuales y telúricas del ámbito mediterráneo, cuestión que es algo normal ya que si una diosa no deriva de otra, si que tiene las mismas funciones e incluso posee mitos paralelos.

Hasta nuestros días han sobrevivido en el imaginario popular y en la tradición estos mitos y estos rituales que continuamos festejando en la Noche de San Juan. La celebración más genuina de origen pagano que se conserva en Europa y que marca el solsticio del verano boreal en el hemisferio Norte. Los rituales responden a una triple veneración ancestral, al sol mediante las hogueras del fuego purificador, el agua que simboliza la vida, el amor y el erotismo y cultos que ensalzan la feminidad con diferentes evocaciones a la Madre Tierra, representada en los vegetales. Así se danza alrededor del fuego y se saltan las hogueras, se enraman las fuentes, se lanzan flores a los ríos o al mar para agradecer la abundancia de los frutos, las mujeres que buscan amor han de beber las primeras aguas de las fuentes, las infértiles se revuelcan desnudas en el rocío de la noche, los personajes de las diferentes mitologías retornan a la vida, las brujas renuevan sus poderes, los animales fantásticos salen de sus escondites, las “ninfas” del amor son desencantadas y otorgan favores y riquezas a los humanos… Toda la magia del Universo se concentra en una noche llena de misterio y de taumaturgia.

Imagen de -edad de niebla -

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