• Merche Toraño

Niños mal educados, adolescentes conflictivos



Desde finales del siglo pasado la educación de los hijos por parte de los padres ha cambiado mucho.


Fue pasando de una instrucción autoritaria y represiva que convertía a los hijos, sobre todo a las hijas, en seres sumisos y sin capacidad para exponer su criterio, a una formación menos estricta que permitió personas más independientes respecto al núcleo familiar más próximo. Pero, en algunos casos, se han llevado estos nuevos métodos hasta extremos en los que se ha confundido la libertad y la oportunidad de educar a los jóvenes en la disciplina del propio criterio con una absoluta falta de ética y respeto a los demás, haciendo con ello que se levantaran voces en esta última época que nos están haciendo pensar que hay que encontrar ese limite en el que la libertad, ética y respeto pueden caminar juntos.


Es a partir de los años sesenta cuando en España el grito de libertad tuvo mayor eco, haciendo que pedagogos, psicólogos, educadores y otras personas autorizadas hicieran correr tinta a favor de una forma de educar a los hijos sin la excesiva autoridad que había reinado en ese campo hasta ese momento, aconsejando métodos para que crecieran de forma “no traumática”.


La incorporación de la mujer a la vida laboral propició también , por lo general, que la educación en la casa fuera delegada en abuelos o personal de servicio y que algunos padres/madres, el poco tiempo del que disponían para estar con sus niños lo dedicaran a disfrutar de su compañía en lugar de a su educación, consintiéndoles todo. No es nada raro, por ejemplo, ver en lugares públicos cerrados (restaurantes, cafeterías… ) niños que campan a su libre albedrío sin que los mayores con los que están les indiquen otra forma de comportamiento o abuelas que sufren en plena calle las perretas de unos nietos a los que no se atreven a regañar. Tampoco es inhabitual observar a adolescentes no controlados por nadie a los que se les compran todos los artilugios modernos que piden con tal de que "no den la lata”, o por aquello de no contrariarlos para "no crearles traumas”.


La consecuencia es la de una parte de la adolescencia actual, criada entre algodones, que no sabe de dónde salen las cosas, por tanto, poco solidaria o egoísta, que solamente da importancia a tener cosas materiales, o llena de frustraciones, desconsiderada y en ocasiones violenta, llegando a agredir a profesores e incluso a sus progenitores.


Son errores muy serios:


Creer que una forma de compensar el poco tiempo que se les puede dedicar es consentir todo, querer que vean a los padres como sus colegas no hacerles entender que hay cosas que pueden molestar a otros, no insistir en ponerles al corriente, aunque nos llamen pesados, de todo aquello que pueden perjudicarles como personas en un futuro, pensar que nuestros hijos son los mejores y más listos porque es más cómodo que ver sus limitaciones y, sobre todo, no percibir que los niños mal educados serán adolescentes conflictivos o, como mínimo, condenados a ser rechazados por sectores de una sociedad más instruida en la interrelación personal respetuosa.


Otra vez voces autorizadas son las que. ahora, intentan, hacer ver a los padres que tener la suprema responsabilidad de velar por sus hijos significa:


Procurar que sean hombres y mujeres felices y libres pero con capacidad para discernir entre el abismo y la ruta que los aleja de él.


Que podemos ser amigos de nuestros hijos pero no colegas. Ante todo somos padres y tenemos la obligación de darles una educación que los aleje en un futuro del distanciamiento social.


Que las libertades son lo mejor, siempre y cuando mantengan el límite en el respeto a los demás.


Que no se ama más a los hijos por dejarles hacer lo que les de la gana.


Que está muy bien leer libros sobre como educarlos, pero antes de aplicar un método de manera aleatoria, hay que entender que no todos los niños responden igual a los mismos estímulos.


Que instruirles en el respeto al prójimo les hará merecer el mismo respeto.


Que es conveniente hablar con ellos con naturalidad y sin tabúes de las cosas que de alguna manera pueden dañarlos, eso les alertará ante situaciones desconocidas


Inculcarles que las cosas materiales que desean tienen un valor que requiere un esfuerzo económico para los padres y por lo tanto ellos también tienen que esforzarse para poder conseguirlas o merecerlas


Reconocer que nuestros niños pueden ser los mejores y más simpáticos para nosotros pero no para los demás, por tanto, es nuestra obligación controlar sus actuaciones en lugares en los que otras personas podrían encontrar su comportamiento impertinente o simplemente molesto.


Dar ejemplo de lo que prediquemos para que puedan tener un referente


Darnos cuenta de que hay que educarlos, y pararse a analizar nuestras capacidades para ello, es lo único que nos hará comprender si lo estamos haciendo bien. No vale aquella excusa tan manida de “cuando tuve a mis hijos nadie me dio un manual de como educarlos”. Nuestro sentido común y nuestra condición de adultos como individuos que formamos parte de una sociedad son las mejores guías .


Imagen de - edad de niebla -

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