• Merche Toraño

Nuestra mejor imagen

Una buena imagen no es cosa de todos


Comienza el buen tiempo y queremos lucir; sacamos nuestras mejores galas y procuramos reparar ese cuerpo serrano que se ha quedado un poco distendido en el letargo del invierno, más acusado ahora con la inactividad originada por la pandemia, pero... ¿en serio creemos que "el hábito hace al monje"?


A veces nos encontramos con alguien que tiene un no sé qué especial y ese "no sé qué" es tan sutil que si nos piden que lo definamos, seguro que no sabríamos explicarlo. Nos podríamos detener un momento a analizar el porqué de que esa persona nos parezca tan excepcional y es muy probable que nos percatáramos de que no tiene una belleza física muy significativa, puede que ni siquiera sea una gran conversador/a, tal vez le descubramos algún que otro defecto… ¿Por qué entonces nos merece esa admiración? Por una razón muy sencilla: por ese todo armónico que emana de su persona.


Por lo general cuando escuchamos que alguien tiene una buena imagen, de forma automática nos viene a la mente una persona con un atuendo determinado. Y es que la apariencia externa ha sido siempre muy importante. A finales del siglo XIX se aconsejaban cosas como asearse los lagrimales con el pañuelo tres o cuatro veces al día y siempre que la risa o el llanto hubieran humedecido los ojos; limpiar la saliva depositada en los ángulos de los labios, cambiar con frecuencia la totalidad de la ropa si se tenía facilidad para ello, y si no, por lo menos, hacer lo posible para mudarse la ropa interior. Mostrarnos a los demás con el más pulcro de los aspectos es una obligación, y si hace tiempo los consejos estéticos iban encaminados hacia una mayor higiene personal, hoy, con todos los medios a nuestro alcance, mostrar a los demás nuestra mejor imagen supone un compromiso social.



Pero... ¿Qué es una buena imagen?


Personalmente creo que es algo tan relativo y que va a depender de tantas cosas…


En cualquier sociedad han existido los clichés y los “uniformes” que en ocasiones, con más o menos agrado por nuestra parte estamos obligados a llevar. El aspecto, por ejemplo, del ejecutivo bien trajeado, según una convencional forma inherente a la representación de su papel social o profesional, no tiene por qué ser mejor que la del joven con los vaqueros intencionalmente rotos o cualquier otro look, consecuente con una forma de vivir o de pensar que, por lo general, arrastra un trasfondo reivindicativo para con un tipo de sociedad que le es ajena e incluso hostil y que se basa casi siempre, ¡bendita utopía!, en un principio de libertad. Pero nuestra imagen no la determina solamente la estética personal. En una ocasión decía Sócrates a un chico que le presentaban: “Habla para que yo te vea”.


Por supuesto, la que escribe esto, con una capacidad analítica infinitamente más modesta que la del filósofo, necesitaría más para “ver” a alguien. Tendría que observar a esa persona moverse dentro de su entorno, comprobar que “sabe estar” para al final llegar a la conclusión, o no, de que “sabe ser”. Y es que, en nuestros días, la imagen que proyecta de sí mismo cualquier persona civilizada se resume en dos aspectos que, siendo bien diferentes, guardan una relación directa con el interior de cada uno (sensibilidad, ética, sentido común) y que van a determinar la imagen final del individuo. Son:


El puramente aspecto físico, y el que demuestra las buenas maneras.


El primero, aunque importante, es variable, dejándose llevar por las modas o tendencias de su época, además de influenciable al depender, casi siempre, de una profesión determinada, de la condición económica, unos hábitos de vida o de un mayor o menor acierto a la hora de orientar nuestros cuidados estéticos por el camino que más nos favorezcan.


El segundo es mucho más duradero y tiene su base en el sentido común y en el cumplimiento de unas reglas de convivencia (educación, amabilidad, consideración, empatía... ) que se han ido adaptando a cada momento histórico para que la interrelación entre los humanos sea más cordial.


La no muy fácil tarea de llegar a conseguir una especie de fusión total, armónica y natural , una simbiosis, entre nuestro aspecto externo y nuestra forma de actuar socialmente, lograr que esos dos aspectos formen un todo coherente, culminaría en el logro de nuestra mejor imagen.


Imágenes de - edad de niebla -





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