• Estrella Collado

Quevedo, el ilustre espía español



En estos tiempos en que los temas de espionaje gozan de gran actualidad, no debemos obviar que las artes de vigilancia para la averiguación de los secretos de los estados vienen de largo en la historia. Ahora utilizan las nuevas tecnologías con los programas Pegasus o Spyware que recopilan y comparten información sobre un ordenador o red, sin que el usuario de la misma haya dado el consentimiento. Estos software que están revolucionado el mundo, han causado un auténtico terremoto en la política española.


Antes los estados enviaban emisarios clandestinos con la misión de inmiscuirse en los círculos de poder de un país determinado por intereses concretos. Y me viene a la mente la figura del famoso Quevedo, quien fuera en su época amigo y hombre de confianza del duque de Osuna, y cuya faceta de espía no es tan conocida como la de escritor.


Uno de los más insignes escritores que dio nuestro país, figura prominente del Siglo de Oro español, fue Francisco Gómez de Quevedo y Santibáñez Villegas (Madrid 1580-Villanueva de los Infantes 1645). Nació y se educó en el seno de una familia de la nobleza proveniente de Cantabria, aunque afincada en la capital del reino, donde sus padres ocupaban altos cargos en Palacio, entre los reinados de Carlos V y de Felipe II. Su infancia fue triste no solo por sus taras físicas ya que adolecía de cojera en una pierna y de una grave miopía, sino por la muerte de su padre cuando tan solo contaba con 6 años de edad y cinco años más tarde la pérdida de su hermano Pedro.


Desarrolló una extraordinaria inteligencia y tuvo una completa formación humanística en el Colegio Imperial. Posteriormente cursó lenguas clásicas y matemáticas en la Universidad Complutense, también realizó estudios de teología aunque no llegó a ordenarse. A primeros del siglo XVII estudia en la Universidad de Valladolid donde comienzan a circular sus poemas. Poeta y prosista barroco, eterno rival de Góngora cuya enemistad fue notoria quedando plasmada en versos provocadores e hirientes. Fue además político preocupado por los problemas de España, que aún era una gran potencia en Europa y dueña de un gran Imperio mundial, razón por la que estaba rodeada de enemigos que hacían presagiar indicios del incipiente declive político y económico. Por esta cuestión se implicó en la defensa de los intereses de su país arropado por su amigo el Duque de Osuna. Así llegó Quevedo a ser agente secreto en Italia.


Su actividad política realizada en la clandestinidad es poco conocida, parece que tras finalizar sus estudios en Valladolid, regresa Madrid en 1606 y comenzó a relacionarse con el conde Gondomar, uno de los jefes del servicio secreto del reino de España, que ejercía como embajador en Londres y que fue quien captó a Quevedo como agente. Todo esto sucede en el marco de una España dividida por las intrigas y por la ambición de los grandes nobles quienes se disputaban el poder para manejar a su antojo los hilos del Estado, y en un momento en que el duque de Lerma era el valido de un monarca tan débil como lo fue Felipe III.


Al fallecimiento del padre del duque de Osuna, este es nombrado virrey de Sicilia. Dada la amistad con el escritor y que ambos compartían idénticos puntos de vista a cerca de la política, Quevedo tomó decididamente partido por él. El escritor que era diestro en las artes de la esgrima, se vio obligado a salir de España, dicen que por haber matado a un hombre con su espada, al verlo abofetear en público a una dama. No obstante, y según algunos historiadores, hay versiones que aseveran que este hecho fue un paripé a modo de “tapadera” preparado por Osuna y por Gondomar, para dar apariencia de huida a lo que realmente era el inicio de su carrera en el mundo del espionaje.


En una Italia fragmentada por los acontecimientos que se estaban produciendo, España se jugaba mucho. Recordemos que el dominio español se extendía en Sicilia, Nápoles y Cerdeña, puntos estratégicos para el control del Mediterráneo y de la continúa amenaza turca, y Milán por donde abastecían la guerra de Flandes y se mantenían los caminos que conducían a centro continental. Por tanto eran la clave de la política exterior española, sin Italia se perdía el poder hispano en el viejo continente. Lo cierto es que, cada vez más, los intereses del imperio español chocaban con los de Francia, Saboya, Venecia y el Vaticano. En esta situación llegó Quevedo a Palermo para ejercer como agente y persona de confianza de su amigo el duque.


Según cuentan algunos de sus biógrafos, el poeta y escritor demostró sobradamente sus dotes para controlar las intrigas de la maraña italiana, cumpliendo los objetivos marcados por Osuna de captar toda la información oportuna para el mantenimiento de la hegemonía española. Para lograrlo la nobleza que controlaba el poder se dividió en dos bloques: los del rey y su valido que apostaban por renunciar al esfuerzo bélico, dada la debilidad de las arcas estatales, adoptando una línea más moderada y pacífica. Y por otro, altos funcionarios militares y diplomáticos que rechazaban la táctica apaciguadora y planteaban la necesidad de España de dar muestra de fortaleza militar y política para mantenerse como primera potencia europea. De este lado participó Quevedo apoyando a su amigo Osuna. La estrategia del virrey estuvo a punto de triunfar, pero no pudo ser por falta de apoyo de Madrid y por la hábil acción de la diplomacia veneciana.


La armada de Osuna ocasionó un gran trastorno en el Adriático que controlaba Venecia, provocando una afrenta para los venecianos, en esta ofensiva naval se logró una gran victoria pero Madrid, a pesar de que Quevedo viajó y se reunió con Felipe III para informar sobre la situación, no suscribió la política bélica del virrey. Osuna a punto de hacerse con Venecia, recibe órdenes del gobierno español de retirar sus barcos de las costas venecianas, que incumple dando largas y ocasionando con su postura la Conjuración de Venecia, que puso en jaque a la Corona española, y en la que el escritor tuvo un papel muy importante. Pero el fracaso de la conjura terminó con la carrera política del duque de Osuna y por tanto con la de Quevedo. Poco antes el poeta había sido investido Caballero de la Orden de Santiago, era el año de 1618. Los servicios secretos venecianos emprendieron una cacería para apresar al escritor y mano derecha del duque pero nunca lo lograron. Cuentan que escapó de Venecia disfrazado de mendigo, aunque lo más probable es que esta anécdota sea fruto de la leyenda.


A su regreso a España fue condenado a cuatro años de prisión. Osuna fue víctima de los rumores que la diplomacia veneciana propagó para vengarse de él, -ya existían entonces “las fake news”-, diciendo que su intención era traicionar a la corona española, así que fue encarcelado finalizando sus días en la mazmorra del castillo de la Alameda en Madrid –actualmente distrito de Barajas, y que por cierto lleva su nombre-. Quevedo mostró hasta el último momento su lealtad al duque cuestión que le trajo muchos problemas entre ellos cumplimiento de prisión en Uclés.


El ascenso de Felipe IV al trono supuso el fin del castigo de Quevedo quien supo ganarse al nuevo valido, el conde duque de Olivares, con quien parece que entabló una estrecha relación laboral y de amistad. Incluso acompañó en alguno de sus viajes al joven monarca. Pero sus continuos enfrentamientos y sus obras literarias son motivo para nuevos destierros. En 1632 llegó a ocupar el cargo de secretario del rey. En 1634 se casa con Esperanza de Mendoza cuyo fugaz matrimonio no dura ni 5 meses.


Desencantado de la política se dedicó en cuerpo y alma a escribir. Cumpliendo su destierro por real decreto en su señorío de Torre Juan de Abad, en Ciudad Real. Y en esta misma provincia en la localidad de Villanueva de los Infantes, fallece el 8 de septiembre de 1645. Su voluntad escrita para ser enterrado en el Convento de Santo Domingo parece que fue incumplida y es enterrado en la cripta de San Andrés Apóstol, donde fue olvidado durante más de tres siglos. Por estas confusiones y con la duda de que no fuese Quevedo, en el 2007 las autoridades locales y autonómicas exhumaron los restos mortales para certificar su autenticidad. Tras un respetuoso proceso finalmente la ciencia pudo constatar que los huesos allí encontrados eran del insigne escritor, uno de los mejores y más importantes poetas en lengua castellana de todos los tiempos, y fueron devueltos a su sepultura original, con el orgullo para los castellanos manchegos de tener en Villanueva de los Infantes a una figura tan relevante de la literatura española.


Imagen de Quevedo: Grabado de Manuel Salvador Carmona. Autorizada por el Museo Nacional del Prado.

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