• Merche Toraño

Quien mata a un perro también es un asesino

Historia de un amor a primera vista que tuvo un triste final

Mi marido con Hoss y Mizart. Las adorábamos


Era el día de mi cumpleaños Hoss y Mizart se quedaron a vivir conmigo. Tenían unos cuatro años según apreciación del veterinario. Fue mi regalo más preciado en ese día. Hoss era independiente y sociable, la lideresa. Mizart por el contrario era miedosa y dependiente de su compañera de la que no se separaba nunca. Compartieron hogar con mi la familia y se comportaron siempre como perritas nobles y educadas.


El 14 de febrero se celebra San Valentín, patrono de los enamorados, pero el amor no solo existe entre las parejas, hay muchas clases de amores.


No había pasado mucho del comienzo oficial del verano y en una ocasión, volviendo a casa, una imagen preciosa apareció ante mi vista: dos husky de clarísimos ojos azules y pelaje negro y blanco uno, gris el otro, que detenidos en la cuneta miraban hacia mi coche como si esperasen que alguien viniera a recogerlos. Es una carretera rural y hay que circular a poca velocidad, cosa que me permitió fijarme en ellos hasta que sobrepasé el punto en el que estaban. La escena volvió a repetirse tres o cuatro días después. De nuevo aquella visión que me había fascinado, los dos preciosos animales, otra vez en aquella cuneta de la que partía la entrada a un bosquecillo de pinos y maleza. Aparentemente mansos, aparentemente aguardando no sé qué o no sé a quién volvían a estar allí al otro día y al otro, y al siguiente... hasta que aquella secuencia se convirtió en lo que llegué a interpretar como una espera del paso de mi coche. Por eso llegó el momento en el que, al alcanzar la altura de su ubicación, me detuve y sin recelo alguno los saludé. No pude acercarme demasiado porque su confianza hacia mí como representante de la especie humana no fue excesiva por su parte y cuando me percibieron muy próxima a ellos desaparecieron adentrándose en el bosque. Aunque pensaba que serían de alguna vivienda próxima, llegué a casa decidida a convertirme en su amiga.


No sé, fue por mi parte como una intuición que me advertía que necesitaban ayuda, y al mismo tiempo sentí un amor a primera vista por esos dos animalitos. Presentía que ganar su confianza iba a depender de mi paciencia, y dispuesta a conseguirlo, al día siguiente decidí dar un paseo hasta el lugar donde acostumbraban a esperar el paso de mi vehículo y, esta vez caminando, llegué al lugar. No estaban, quería llamarlos, pero no conocía su nombre, entonces se me ocurrió que si emitía algún sonido con mi voz tal vez reaccionaran, y así fue. Sin estridencia empecé a gritar lo primero que se me ocurrió. La verdad es que no fui muy original: “perritos, Husky, huskyyy”. Al momento, como respuesta a esa poco creativa llamada aparecieron los dos, jadeantes y contentos. Me miraron y se detuvieron a unos dos metros de mí persona. No tuve posibilidad de salvar esa distancia porque cuando lo intentaba ellos reculaban. Desistí de un mayor acercamiento físico y opté por otro más emocional, les hablé, no recuerdo lo que les dije, cualquier tontería, probablemente, que a ellos no debió parecerles tal porque me miraban como queriendo entenderme. Volví a mi casa con la firme idea de hacer lo posible para evitar su recelo. Al día siguiente metí en mi coche una botella de agua, un paquete de pienso para perros y dos cuencos, aparqué un poco antes del punto de destino e hice a pie el corto trecho que quedaba hasta el sitio en el que solían estar. Llené los recipientes con la comida y la bebida, los dejé en el suelo a la entrada del bosquecillo y, como el día anterior, empecé a llamarlos de la misma forma: "¡husky, husky, perritos!". Cuando los vi aparecer me alejé dos o tres metros del alimento y me quedé observándolos. Lo devoraron con avidez, bebieron, me miraron como dándome las gracias y se fueron por donde habían venido.


Repetí la misma operación en días sucesivos y cada vez me permitían acercarme más a ellos hasta que ya no les dio miedo comer conmigo a su lado, tanto me dejaban acercarme que pude cerciorarme de que eran hembras. En una ocasión una de ellas, la gris, me siguió hasta mi casa, la dejé entrar en la parcela donde se quedó varias horas, y al caer la tarde se marchó. Pero a partir de ese momento, cuando volvía a mi domicilio, después de llevarles la comida y el agua, me acompañaba y permanecía allí hasta el oscurecer. Se produjo la misma rutina durante seis o siete jornadas, pero un día ya no se quedó, me dejó en casa y se marchó inmediatamente. Volvió como una hora después, pero no venía sola, la negra la acompañaba ¡me visitaba en mi casa.! Yo, loca de alegría y como buena anfitriona, las invité a comer algo. Terminada la degustación, la negra se marchó y la gris como acostumbraba se quedó hasta que el sol se puso. Después de ese día ya no tuve necesidad de llevarles comida porque la visita de las dos bellezas se repitió diariamente. Aparecían siempre juntas a media mañana y marchaban por separado , una se iba pronto y la otra como siempre se quedaba hasta que intuía la cercanía de la noche.


El 2 de julio vino solo la gris y se fue bastante antes de la hora acostumbrada. Mientras se iba, se fijaba en mí de tal forma que comprendí en su mirada como un mensaje subliminal , algo que me impulsó a seguirla. No sabía para qué pero, por lo menos, intentaría averiguar su procedencia, porque aunque estaba casi segura de que habían sido abandonadas, temía que tuvieran dueño y estar, de alguna manera, inmiscuyéndome en una historia que no me pertenecía. Cuando la perrita gris se percató de que iba tras ella. me esperó. Yo caminaba por la carretera y ella atajaba por prados pero siempre salía al asfalto para comprobar que continuaba mi caminata, esperaba hasta que yo llegara a alcanzarla, y ¡hala! a tomar su atajo siguiente. Llegamos al lugar de mis encuentros con ellas y de la forma acostumbrada empecé a llamar a la otra: “husky husky” ¡y apareció!, la negra, pero esta vez no se acercó a mí, se quedó tapando el agujero por el que se adentraban en la maleza. Me pregunté que podía haber más allá e hice el ademán de querer traspasar esa frontera construida por la naturaleza pero, hete ahí, que no me lo permitió. Sospeché que se ocultaba algo detrás de esa maraña de brezos y yerbajos y desde mi móvil llamé a mi hija que estaba en casa charlando con un amigo de la familia, para que vinieran a ayudarme, quería saber lo que ocurría detrás de aquel agujero o puerta abierta al bosquecillo por la que la husky había vuelto a desaparecer. Estaba claro, ya, que no tenían dueño o que el que tuvieron las había abandonado. Con un palo como herramienta, mi hija y nuestro amigo abrieron un poco más el acceso al misterioso cobijo y se adentraron mientras yo, con la gris que no se separaba de mi lado, seguía esperando en la cuneta. La sorpresa de los valientes que lograron franquear la barrera fue muy grande al descubrir a unos tres metros un pequeñísimo claro en el que, como habitáculo, la perrita negra protegía a dos cachorritos de no más de un mes, uno de ellos yacía muerto, el otro, hinchado como una bolita, lloriqueaba. Con intención de saber que le pasaba intentaron coger al que vivía pero su madre no se lo permitió. Volvieron a donde yo esperaba y me lo contaron. Los tres pensábamos que había que ayudar a ese bebé canino, pero ¿cómo?, la madre no permitía que nadie se acercara a sus pequeños. Entonces se me ocurrió una idea. Volvimos a casa, cogimos unas salchichas, las pusimos en el maletero, dejamos en la parcela a la husky gris que había venido detrás de nosotros y volvimos al lugar de alojamiento de las perritas. Paramos el coche, abrimos el maletero, volví a hacer lo que había repetido tantas veces :”husky husky”, y cuando salió le señalé las salchichas, entró a comerlas y rápidamente cerré la portezuela. Mi hija y su amigo aprovecharon para coger al cachorrito que gemía y gemía. La madre se desesperaba escuchándolo desde su encierro..


Al llegar a casa lo primero que hicimos fue sacar al pequeño, envolverlo en una mantita y colocarlo en el suelo. Luego soltamos a la madre que se volvió loca de alegría y empezó a lamerlo. Con unos tablones y unas mantas les improvisamos una especie de cueva para que pernoctaran unos días mientras que se les hacía una caseta de ladrillo en condiciones. Ni que decir tiene que los adoptamos y les pusimos nombre a las dos adultas: Hoss, la gris y Mizart la negra. Era fin de semana, el lunes los llevaríamos a la clínica veterinaria para que les hicieran una revisión y los pusieran al al día en vacunas. baño y otras necesidades, pero el bebé no pudo alcanzar al examen, murió a la mañana siguiente de llegar a casa.


Cuatro años después, en una ocasión en que por un momento se quedó abierta la puerta de la finca, Hoss y Mizart salieron “de excursión” . Al percatarnos de su falta las buscamos por los alrededores sin ningún resultado. Cuando ya cansados volvimos, nos encontramos a Mizart ¡había vuelto!, "corriendo y asustada", me dijo alguien que encontramos cerca de mi casa. Hoss nunca regresó.y Mizart se mostró apática a partir de entonces.


Creyendo siempre que a Hoss nos la habían robado, pasamos doce meses sin éxito recorriendo parques y pueblos para intentar localizarla, Al año siguiente, una embolia pulmonar arrancó también a Mizart de nuestro lado. En su comportamiento mientras vivieron en mi casa ambas mostraron en muchas ocasiones indicios de haber sido utilizadas por su o sus anteriores dueños para arrastre de trineos de competición, y eso tal vez había contribuido a dañar su organismo, todo ello unido a la pena de no tener a su lado a Hoss, su amiga y compañera, habiendo presenciado además el verdadero motivo de su desaparición, estoy convencida que fueron agravantes que contribuyeron a desencadenar una muerte que probablemente no le tocaba todavía.


Ella sabía lo que había ocurrido en esa escapada y nunca me lo pudo relatar al no disponer del don de la palabra.


Soy consciente de que hay gente desalmada, que en un acto de suma vileza es capaz de abandonar a un animal domestico; robarlo es también un daño gratuito que le hacen a él y a sus dueños, pero que haya gentuza tan malvada, capaz de asesinar sin que hubiera ningún motivo, solo porque sí, a uno de estos seres indefensos, sabiendo además que tenía una familia que lo cuidaba y lo quería, ni tan siquiera se me pasó por la cabeza en aquellos momentos.


Quince años después, este verano, desconozco por que tardó tanto, un vecino me contó con pelos y señales, nombre incluido, que otro lugareño de una vivienda cercana a la mía había matado a Hoss porque se acercó a su casa. Aunque por mi estabilidad emocional prefiero creer que no fue así sino que alguien se encapricho de su belleza y se la llevó para cuidarla, solo puedo pensar en la palabra asesino cuando, afortunadamente en muy contadas ocasiones, tropiezo en algún lugar con ese malvado.


Y es que para mí, quien mata a un perro también es un asesino .


Imagen de - edad de niebla -

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