• Estrella Collado

Sefarad, la España judía



A finales de la Edad Media los judíos que hasta entonces habían convivido siglos en armonía con las culturas árabe y cristiana, fueron expulsados de la Península Ibérica. En el epílogo del siglo XIV se produjeron oleadas de asaltos a juderías y matanzas, ocasionando conversiones forzosas al cristianismo y el consiguiente éxodo de algunos judíos que se negaban a renunciar a sus cultos ancestrales.


La expulsión más masiva se produce en Castilla y Aragón por los Reyes Católicos, parece ser que no tanto por su voluntad, sino más bien obligados por sus alianzas con la Iglesia Católica y por las presiones de la Inquisición. Y a raíz de la unión matrimonial y política del rey portugués Manuel I con la hija de Isabel de Castilla y de Fernando de Aragón. Cinco años después, se decreta la expulsión de los judíos de Portugal, aunque se les dio la opción de permanecer, con la condición de realizar una conversión masiva. Así los nuevos convertidos podían quedarse y al mismo tiempo mantenían a escondidas las prácticas religiosas de sus mayores, ya que, en el reino luso, la Inquisición no comenzó a actuar hasta el año 1541. Los criptojudíos llamados con desprecio “marranos” fueron el origen de las comunidades sefarditas en Países Bajos, Inglaterra, y algunas ciudades de Italia. Algunos de los conversos portugueses se abrazaron nueva y abiertamente al judaísmo integrándose en las colectividades judeoespañolas de Marruecos.


Tras la huida, en su diáspora formaron diversas comunidades en los distintos países europeos, en el norte de África y en el Mediterráneo oriental. Lo que fue un proceso lento, traumático y muy duro, realizado durante años. Cuando se asentaron definitivamente fueron conocidos desde entonces como los sefardíes: Aquellos originarios de Sefarad, como en su lengua llamaban a la Península Ibérica, que era su tierra, aunque en la lengua hebrea moderna haga referencia exclusivamente a España. Para algunos exégetas la presencia de los judíos en España y Portugal se remonta al periodo del rey Salomón más o menos al siglo X a.C, y es a partir del siglo II d.C, cuando los judíos españoles le dieron el nombre de Sefarad a la Península Ibérica, y así aparece en los textos de la literatura hebrea post bíblica en algunos autores como Salomón ben Verga.


Los asentamientos más importantes, de los que se vieron forzados a emigrar, fueron en el imperio Otomano, actual Turquía, cuyas circunstancias sociales y políticas favorecieron el establecimiento de los sefardíes, quienes durante los siglos XVI y XVII fueron claves en el desarrollo de la vida económica, política y cultural de ese imperio. Impulsaron las industrias textiles, la fabricación de armamento y las industrias editoriales. Estos hebreos deportados, mediante los edictos de marzo de 1492 y de 1497 que ponían fin a su presencia en la Península Ibérica, tras los 1600 años en que la habitaron pacíficamente y en armonía, han guardado sigilosamente su legado cultural incluido el castellano antiguo con incrustaciones hebreas conocido como ladino, y todas sus costumbres y tradiciones, incluso se decía que conservaban las llaves de sus viviendas como auténticas reliquias, con la esperanza de regresar algún día a sus hogares.


Gracias a ellos se ha preservado una parte muy importante de la cultura española que tiene mucho que ver con el legado que la sociedad española judía aportó entre los siglos IX y XV, como la lengua, la literatura, el folclore, la música o la gastronomía.


En cuanto a su lengua, conocida como ladino o djudezmo, era el judeoespañol hablado en la Península Ibérica por la comunidad sefardí, junto con el ladino litúrgico que era utilizado para la traducción al castellano de sus textos sagrados, cuestión que ha contribuido en gran medida a la conservación de numerosos arcaísmos hispanos. Su exilio tras el destierro originó la Jaquetía, el dialecto judeo-español de Marruecos, diferente del español, del ladino y del judeo-español vernáculo de los sefardíes de Oriente. Está integrado por la lengua castellana con importantes aportaciones del árabe, del hebreo y algunas más pobres de otras lenguas. Se convirtió en el lenguaje propio de las comunidades expulsadas de España y asentadas en Ceuta, Melilla y las de Omán.


Siempre han vivido con nostalgia y, aún tan alejados de su Sefarad, se sienten unidos a esta tierra y, con orgullo y amor, así lo han ido transmitiendo generación tras generación. Por este motivo y en un acto de justicia histórica, les fue reconocida en 2019 la nacionalidad española mediante una convocatoria previa, abierta durante un plazo de cuatro años, para que los miembros de la diáspora pudieran solicitar su nacionalidad. Este proceso exigía a los solicitantes probar las conexiones judías de varios siglos atrás y pasar algunos exámenes.

La presencia secular del pueblo judío en nuestro país hace que el estudio de su historia revista gran interés para conocer en profundidad el devenir de España, dada la asimilación y fusión cultural que se produce a través de una larga convivencia. El deseo de mantener y estrechar esos lazos que vinculan a los sefardíes a España ha originado una serie de actuaciones con el fin de investigar y preservar un patrimonio tan fundamental para ambos pueblos, entre ellas la creación del Museo Sefardí de Toledo, donde se muestran fondos constituidos por material arqueológico, histórico, artístico y bibliográfico de la cultura hebraico-española y el centro de estudio e irradiación de la misma.



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