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  • Foto del escritorEdad de Niebla

¿Son útiles las cosas inútiles?



¿Son útiles las cosas inútiles? Evidentemente esto es una contradicción. La pregunta correcta debería ser: ¿cuándo una cosa útil se convierte en inútil? Pero esto nos llevaría a su vez a otra pregunta: ¿Qué es una cosa útil?


Un destornillador es, sin duda alguna, una cosa útil porque realiza un trabajo conveniente o necesario. Pero cuando se mellan sus estrías y no puede desempeñar la función para la que fue creado se convierte en una cosa inútil. Una taza nueva es una cosa útil, pero una taza desportillada deja de serlo. Hay siempre un momento dramático en que una cosa útil se convierte en inútil. Puede ser instantáneo: se cae, se rompe, se acaba. O puede ocurrir tras un largo proceso de desgaste y envejecimiento.


Y luego están las cosas que sólo son útiles por su valor estético: te gustan y las conservas. Pero un día te falta espacio, compras algo nuevo o riñes con el que te regaló el objeto inicial, y este de pronto se convierte en algo inútil.


Las cosas inútiles se tiran directamente o se guardan o se esconden, por si pueden ser reparadas o utilizadas para otros fines alternativos. Pero las personas que creemos que todos nuestros objetos reciben algo de nuestro propio ser -como si fueran manos, brazos, ojos adicionales a nosotros mismos- sentimos compasión por las cosas que dejan de sernos útiles. En mi caso, mis cosas inútiles siguen siendo útiles, porque me recuerdan los momentos en que me ayudaron o complementaron: un bolígrafo escribió versos, unas tijeras recortaron fotos queridas, en una taza, ahora desportillada, desayunaba en mi infancia. Tirar esas cosas sería como suicidar una parte de mí mismo.


Y por esta razón existen, existimos, muchos maniáticos que coleccionamos con amor cosas inútiles. Y se han puesto de moda los museos etnográficos, en los que se guardan, remansados, trozos de la vida cotidiana de nuestros antepasados: Viejos hogares provincianos, palacetes de la alta burguesía, casas de campesinos acomodados, lugares donde parece que sus antiguos moradores han salido de paseo y regresarán en cualquier momento. Y donde todas las estancias y todos los objetos que hay en ellas -muebles, ropas, utensilios, libros, vajillas, cuadros, botellas y un largo etcétera- siguen vivos y como suspendidos en el tiempo.


Y también en muchos pueblos y ciudades se celebran periódicamente mercadillos donde los vecinos venden, compran, intercambian objetos inútiles o sobrantes para unos, pero útiles y necesarios para otros.


Sobre este tema de la utilidad cambiante de las cosas recuerdo a un viejo amigo que me contó una experiencia personal un tanto inverosímil, que podéis creer o no. Yo, por supuesto, no la creo, porque mi amigo tiene una imaginación desbordante, pero como en este mundo todo lo que es posible que suceda, acaba sucediendo más pronto o más tarde, voy a darle a su experiencia un punto de credibilidad y os la voy a contar con todas las reservas del caso.


Mi amigo, al que daremos el nombre ficticio de Pedro para preservar su intimidad, trabajaba como contable en las oficinas de una pequeña empresa, cuyo dueño dirigía y vigilaba a sus empleados con puño de hierro y vista de lince, como vulgarmente se dice. Y en los últimos tiempos Pedro había tenido varias discusiones con el gran jefe por tratar de negarse a realizar algunas trampas de ocultación de beneficios al fisco.


Al llegar la Navidad, aquel empresario tenía la costumbre de hacer un pequeño regalo a cada uno de sus empleados. Y el valor de -ese regalo servía de termómetro para medir el grado de aprecio que el jefe sentía por cada uno de ellos y, por lo tanto, sus posibilidades personales de ascenso –o descenso- en la empresa.


A las siete de la tarde del día que vamos a recordar, víspera de Nochebuena, noche cerrada en el cielo y fantásticas iluminaciones navideñas en las calles céntricas de la ciudad, Pedro vuelve andando a toda prisa a su casa, con el regalo de empresa que le acaba de entregar el patrón. Marcha como un sonámbulo, está rojo de indignación y habla consigo mismo, repitiéndose una y otra vez: "Me ha humillado, se ha reído de mí, me ha dejado en evidencia delante de todos".. Se detiene y levanta el pesado disco de hierro que lleva en la diestra: "Y a ver cómo explico yo esto a la familia".


Nuestro amigo revive con todo detalle la entrega de regalos de esta tarde. Un compañero exhibe con orgullo un moderno teléfono móvil, lo que indica que su propietario va a ascender en la empresa, seguramente sustituyendo a otro a quien sólo le han dado una vulgar agenda. Una de las chicas enseña un collar barato de perlas cultivadas. Ni fu ni fa, no se va a mover de su puesto actual. Otra de las mujeres ha recibido una chaquetilla de marca: hay risas y sonrisas maliciosas. Y todo en este estilo de premios y castigos, como advertencia para el futuro de cada uno de ellos.


Y Pedro ha sido castigado por sus enfrentamientos con el patrón, no le cabe la menor duda. No es de extrañar que su regalo haya sido este mazacote de hierro fundido, que quiere ser un cenicero, o un pisapapeles, o un tope para una puerta, vaya usted a saber. Sus compañeros, disimulando la risa, le habían dado el pésame y una de las chicas, la más tonta de todas, no había podido contenerse para decirle: "Enhorabuena. Ya te falta poco para chico de los recados".


Sigue andando y rezongando, mientras balancea el pesado disco: "No puedo enseñar esto a mi mujer y a los chicos. Si no se lo lanzo al jefe a la cara el próximo día de trabajo, lo tiraré ahora en el primer cubo de basura que encuentre, luego diré en casa que he olvidado el regalo en la oficina y después compraré cualquier cosa aceptable"

-¡Eh, tú, pasmao! -cree escuchar a alguien frente a él- ¡Eh, pasmao! -repiten- ¡Baja de la nube y dame la cartera!


Con un cierto esfuerzo mental Pedro regresa al mundo terrenal. Sin darse cuenta se ha metido en un callejón mal iluminado y sin gente, salvo el tipo que le cierra el camino a unos pasos, un grandullón mal encarado que blande una navaja descomunal.


-¡Venga, rápido, la cartera, o te rajo de arriba abajo! -chilla el tipo dando un paso hacia él.


Pedro me jura que en aquel momento actuó de manera totalmente involuntaria, en un acto ajeno por completo a su voluntad. Quizás imaginó que aquel tipo era su propio patrón. Lo cierto es que levantó el brazo derecho y lanzó el presumible cenicero de metal con la fuerza y la puntería de un auténtico campeón olímpico. El disco silbó en el aire y se estrelló justo en la mitad de la cabeza del agresor, que cayó al suelo, fulminado, manando sangre como un cochino en la matanza.


Y mi amigo completa así su relato:

-He colocado el chisme encima de mi escritorio, en un lugar de honor, acompañado por una plaquita grabada donde se lee simplemente: Salvavidas de emergencia.


(Este es un claro ejemplo de cómo una cosa inútil puede cambiar de uso y convertirse de repente en la más útil de nuestras propiedades. O como creo que decía Bastiat: "siempre resulta muy difícil calcular el valor real de cada objeto").


Colaboración de Miguel Garrido

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