• Edad de Niebla

Su infierno fue la droga



Pero un día, en sus amaneceres, comenzó a brillar el sol


Solía ver monstruos y fantasmas ante el terror y el miedo que recorría mis venas a la vez que el caballo galopaba por mi sangre. Gritaba, y pedía ayuda con todas mis fuerzas pero nadie parecía oírme, al menos así lo cría yo. En mi interior ansiaba que me sacaran de ese mundo tan degradante en el que me metí.


Comencé mis coqueteos con las drogas a los 14 años, en los veraneos en Asturias cuando iba a casa de mis abuelos. Y en los círculos más progres de mi instituto, en el popular barrio madrileño de Aluche. Corrían los primeros años de la década de los 90 y aires de modernidad. Estaba ansioso de libertad y de experiencias nuevas. Primero los porros, después anfetas, éxtasis, coca y así hasta la heroína. Pasaba de la depresión, del deseo de no querer vivir a la euforia más excitante.


Mi vida se convirtió en un infierno cuando comencé a meterme caña todos los días. Chute o chino, no me importaba, el caso era consumir y consumir. La heroína se apodero de mí como la hiedra se apodera del árbol hasta asfixiarlo. Era muy crío pero prometía ser un tío guapo, tenía un cuerpo atlético porque desde pequeño mi padre, futbolista semiprofesional, me educó en el deporte. Pero tomé el camino equivocado y acabé convirtiéndome en una piltrafa humana. Siempre me arrepentiré.


Pronto la dependencia se hizo tan brutal que comencé a faltar a clase, mis notas de buen estudiante bajaron en picado, robe a mis padres, a mis abuelos, a mis tíos, y a los padres de mis mejores amigos de infancia. No me importaba nada ni nadie. Solo vivía para ella, para sentirla en mis venas apoderarse de mi y someter mi cerebro a su antojo.


Cuando mi familia se dio cuenta de mi problema trataron de ayudarme, siempre tuve su apoyo, aunque yo no lo quería entender. Pero llegó el momento de tocar fondo. Así les dijo la psicóloga, a la que cuando me pillaban de buenas me llevaban. Mis padres aburridos de la situación, muy a su pesar, me echaron de casa siguiendo el consejo de mi terapeuta.


Comencé a vagabundear por las calles y por los lupanares, a robar, a dar tirones a ancianas, a cometer atracos a punta de navaja. Me convertí en un monstruo y en un ser despreciable. Yo era consciente de ello en los pocos momentos lúcidos que tenía, pero en cuando me metía un pico ya me olvidaba. Y otra vez a deambular y a ver de donde sacaba la pasta para mi dosis diaria y si en vez de una eran tres mucho mejor.


Recuerdo que de pequeño cuando me sacaban sangre me impresionaba muchísimo, sin embargo no tenía ningún reparo en pincharme las venas para meterme todos los chutes que precisara. Esos momentos eran como una especie de ritual turbio. Ahora siento mucha tristeza por haber vivido tanto tiempo entre la mierda. Lo que al principio suponía un placer se fue convirtiendo en un proceso que me esclavizaba. Si en algún momento intentaba dejarla mi cuerpo comenzaba a retorcerse de dolores terribles, fiebre, vómitos, temblores y no podía soportar “el mono”. Así que nuevamente salía a pillar.


Transcurrieron unos años. Mis padres no conseguían sacarme de ese mundo, ahora sé que lo intentaron muchas veces. No comía, no dormía... mi cuerpo flaco y enfermo se tambaleaba por las calles en mi deambular diario hacia la muerte.


Tuvo que suceder algo terrible para que cambiara mi vida radicalmente para bien. Una mañana callejeando por la zona de la Cañada Real, a donde iba a pillar, me cogieron unos camellos a los que les había robado, y me dejaron tirado en la calle dándome por muerto. Fue un milagro que pasara una “lechera” –furgoneta antidisturbios de la policía-, me atendieron, viendo que no estaba muerto, llamaron a la ambulancia y cuando desperté estaba en la UCI del Hospital Puerta de Hierro. Fue como nacer otra vez. Estaba al lado de mi madre. Me apretó entre sus brazos, sentí el calor de su mano asiendo la mía, y nunca más la solté. Supe entonces que más bajo ya no se podía caer y con el amor de los míos comencé a salir de aquel infierno.


Hoy soy un padre de familia de 45 años. Logré salir de las drogas. Pero he visto a demasiada gente quedarse en el camino. Me di cuenta de lo importante que es quererse a uno mismo. Cuando te valoras y te quieres a ti, puedes querer a los demás.


José Luís Peláez Pérez


Imagen de - edad de niebla -

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