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Vivencias de la Guerra Civil española. Valencia


Diario de la época

Entre febrero o marzo de 1.937 y finales de marzo de 1.939, mi madre, mi hermana y yo vivimos evacuados en un pueblo del sur de Valencia llamado Carcagente (hoy, Carcaixent), en plena vega naranjera del río Júcar. Mi padre, movilizado, pero sin tener que ir al frente, trabajaba y vivía en Valencia capital y se desplazaba a vernos todos los fines de semana que podía.


Un gran camión, carrozado con nervios metálicos y lonas, con varias familias amontonadas en su interior. Mujeres y niños sobre todo. Dos conductores muy jóvenes, ingleses, miembros de las brigadas internacionales. Origen, Madrid. destino, Valencia. "Hay que viajar de noche", decían. Bombas de aviación y balas perdidas. Lo peor, pasar el puerto de Contreras muy despacio, en silencio y prácticamente a oscuras.


En Valencia, de madrugada, un gran edificio para acoger a los evacuados de Madrid. Filas interminables de camas. Mucho frío y mucho miedo (desde la planta alta, sin barandillas, se veían las filas de camas de la planta de abajo. Allí sufrí mi primer vértigo).


Por la mañana, otro camión (que no recuerdo) para llevarnos a Carcagente, el pueblo que nos habían asignado. Calle del Padre Monzó, hermosa y gran mansión requisada a un naranjero rico, huido a la zona facciosa (luego, zona nacional). Regalo de bienvenida: un capacho de espléndidas naranjas.


Dos habitaciones en la planta principal: un saloncito con balcón a la calle y una alcoba italiana adyacente. La mansión, parcelada en cuartos para varias familias, incluso en los patios y en la terraza. Una vecina joven cantando continuamente (¿quién dice que la guerra es sólo tristeza?): María de la O, La falsa moneda… Y hasta bellas canciones francesas de Tino Rossi: Marinella, cuya letra tarareaba mi madre y yo aprendía: "Marinella, ah, reste encore dans mes bras… "Y por supuesto, las canciones patrióticas:


Si me quieres escribir,

si me quieres escribir,

ya sabes mi paradero:

en las brigadas de Líster,

primera línea de fuego.


(Muchos años después me contaron que en el bando franquista se cantaba la misma canción, obviamente con la letra cambiada).


¿Hambre? No recuerdo haber pasado hambre. No había pan, pero teníamos arroz y productos de la huerta. Mi padre pudo hacer un viaje a Jaén y traer aceite, mucho aceite, dos garrafas al menos. Cedimos y vendimos una parte (aquello valía más que el dinero de la República). Veo el patio de la finca y los barreños en que fabricábamos jabón, con aceite, sosa y cenizas.


Cine del pueblo: películas viejas del Far West (luego se le llamó Oeste, simplemente) y películas rusas nuevas. El viejo portero dando prisa a mi madre: "Venga, señora, que la estamos esperando para empezar".


Paseos entre los interminables naranjales. La boca misteriosa de una cueva en mitad del campo: unos azulejos a la entrada con una media luna y grafías árabes (Imagen que me ha obsesionado a lo largo de la vida). El puente de hierro del ferrocarril sobre el río Júcar: de nuevo el vértigo, al ver pasar el agua desde lo alto, entre los barrotes y las traviesas de hierro. También esta imagen me ha perseguido desde siempre.


Otra vez las bombas: el pueblo fue bombardeado y ametrallado por la aviación de los facciosos en unas pocas ocasiones. La gente empezó a ir a dormir a fincas en el campo. Nosotros también. Mi madre diciendo "No te asustes, queridito, no ha sido una bomba, sino un gran trueno". Qué alivio. Y eso que las tormentas de verano llegaban a veces a ser sobrecogedoras.


El refugio antiaéreo: todo el pueblo trabajando allí. Mi hermana y yo, y muchos niños, llevábamos cubos de agua. Imagen angustiosa: la fuente del pueblo con enjambres de avispas. (La guerra acabó a la vez que el refugio, que no llegó a utilizarse ni una sola vez).


Mi padre, de visita. Pero no era mi padre, sino un elefante con el aspecto y la ropa de mi padre. Nos cogía a mi hermana y a mí, nos echábamos los tres en el suelo sobre una estera y los niños peleábamos contra él. El muy tonto siempre perdía. Luego se ponía en pie, pedía disculpas a mi madre, salía por la puerta y volvía a continuación convertido en mi padre. Durante mucho tiempo pensé que mi padre y el elefante Trompón eran dos seres distintos.


No íbamos a la escuela y mamá nos enseñaba a mi hermana y a mí. Durante algún tiempo tuve un profesor -un señor mayor cuyo nombre y aspecto no recuerdo- que nos daba clases particulares. Lo que sí recuerdo y conservé conmigo durante muchos años fue un polícromo mapa de España y Portugal que dibujó para mí. Un mapa tembloroso que parecía la cabeza y el rostro de una anciana viejísima y llena de arrugas. Y sigo conservando una carta que escribí a mi madre en agosto de 1938 felicitándola por su cumpleaños y acompañando al regalo que le hice para la ocasión: una cajita de cacaos pelaos (es decir, cacahuetes).


El fin de la guerra: los facciosos se habían convertido en el Glorioso Alzamiento Nacional. A los evacuados nos dieron dos días para volver a Madrid. Nosotros, entre mucha gente más, hubimos de hacerlo en tren, hacinados en vagones de mercancías. Mi última imagen: yo mismo, a los nueve años, arrastrando una maleta por la estación de Carcagente, al límite de mis fuerzas. Todavía siento hoy el esfuerzo de aquella hazaña.


(Conservo un recuerdo agridulce de aquellos años. Yo era demasiado pequeño para comprender la guerra, sus motivos y sus consecuencias. Tratábamos poco con la gente del pueblo y yo no tenía prácticamente amiguitos. No me daba cuenta de que a los “evacuados”, como se llamaba entonces a los refugiados de Madrid, no se nos quería. Y tenían razón, porque éramos una especie de plaga que había caído sobre la región levantina para quitarles comida y vivienda, siempre escasas).


Miguel Garrido. Colaboración

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