• Belén Matanza

Cuidar de quien nos cuida



Cuando estudie la carrera de enfermería aprendí que esta profesión convierte el cuidado en un arte, pero quizás en lo único que no habéis pensado es en el número de personas que se dedican al cuidado de la dependencia dentro del hogar familiar.


España resulta ser uno de los países europeos que más tiempo dedican al cuidado de las personas de dependencia, pero esto se logra gracias al apoyo de los cuidadores familiares, pues, a pesar, de los remedios que se ha intentado introducir teniendo un suspenso en ayudas sociales. Y para muestra un botón. Un 40% de las familias dedican más de 50 horas semanales al cuidado de las personas dependientes, frente al 12% de Dinamarca, donde en el 65% de los casos se dedican entre 2 y 11 horas semanales. Además, la figura del cuidador familiar tiene nombre de mujer, ya que, el 84% de los cuidadores son mujeres mayores de 50 años, muchas de las cuales se encuentran a tratamiento psiquiátrico, causada la mayor parte de las veces por el abandono de su propia vida para dedicarla a la atención de la persona que lo necesita.


La figura del cuidador familiar surge de forma espontánea, cuando se crea la necesidad de atención, la persona más cercana física y emotivamente va a asumir el rol de cuidador principal, pasando día y noche a ocuparse de esa persona. Esta situación que aparece de forma espontánea se va a cronificar, siendo asumido por el resto de los miembros de la familia como normal, convirtiendo al cuidador en único e irremplazable y obligándole a renunciar a su propia vida para centrarse única y exclusivamente en el círculo de dependencia. Este planteamiento es heredero directo de la sociedad patriarcal que depositó en las mujeres la tarea del cuidado dentro del círculo familiar y, de forma imperceptible, sigue colándose en nuestra sociedad actual con un código secreto que obliga a las mujeres a asumir este rol de cuidadoras principales sin que ni siquiera se den cuenta.


Los problemas a los que tiene que enfrentarse el cuidador son muchos y muy diversos, obligando muchas veces al que cuida a tener que abandonar hasta su propio trabajo para atender la nueva necesidad surgida en el seno de la familia, ya que la dependencia provoca un desajuste entre el tiempo de dedicación que se va a exigir al cuidador y las necesidades de la persona dependiente, lo que provoca un gran desgaste físico y mental del que cuida y su aislamiento social con el consiguiente autoabandono (físico e incluso anímico) y lo que es aún peor, con la falta de ayuda, pues el entorno más cercano tiene asumido dicho rol como habitual y de forma inconsciente se niega a asumir el mismo, por lo que todo el peso del cuidado recae sobre la misma persona. Ello va a provocar en el cuidador una serie de síntomas emocionales que suelen aparecer durante el cuidado y que muestran a las claras la fatiga del mismo. Así es frecuente tener pensamientos erróneos como la idea de que es la única persona que puede cuidar de la familia, que es la persona que mejor le cuida, soy egoísta si quiero tener espacio para mi mismo. También es frecuente que el cuidador sienta soledad y se encuentre aislado, problemas físicos como la ansiedad, la depresión, el insomnio, temblores en las manos, tensión muscular, molestias digestivas, dolor, cefaleas, e incluso alteraciones físicas más graves como trastornos cardiovasculares, que incluyen arritmias anginas de pecho, asma, sensación de falta de aire, e incluso alergias.


Existen una serie de síntomas de alerta a los que es preciso prestar mucha atención, como es el agotamiento físico y mental, cansancio, insomnio, el aislamiento social, la pérdida de interés por las aficiones habituales, muchas veces se refugian en el consumo excesivo de bebidas alcohólicas, irritabilidad, cambios bruscos de humor.


Antes de llegar a estas situaciones es conveniente adoptar una serie de medidas de las que hablaremos en mi próximo artículo. Pero ya adelanto que el QUE CUIDA DEBE CUIDARSE, pues la calidad del cuidado va a depender enormemente de ello. No debemos olvidar nunca que es imprescindible cuidarse para poder cuidar, aunque todo parezca un juego de palabras, pero si lo pensamos bien nos daremos cuenta que el bienestar del cuidador es fundamental a la hora de mantener una relación sana y equilibrada con la persona en situación de dependencia. Si alguien está frustrado porque de algún modo siente que está renunciando a su propia vida por cuidar de un tercera persona, por muy querido que sea para nosotros, va a transmitir dicha frustración al que cuida. Más importante que la cantidad de horas que se dedica al cuidado, es la calidad del mismo. Y en mi próximo artículo os daré unas pautas para poder dar ese cuidado de calidad del que os estoy hablando.


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